miércoles, 21 de enero de 2015

los jueves con Edu y Marta: LA ASIGNATURA PENDIENTE DE LOS LÍMITES


Pongo en duda el final del artículo, que el tema de los límites sea un reto fácil de abordar sin importar la edad. Entiendo que se quiera dar esperanza, entiendo que cualquier trabajo tendrá su fruto, pero decir que es un reto fácil empezar a poner límites cuando el chico está ya avanzado en edad... 


Límites: Una Asignatura Pendiente


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Actualmente muchos padres de familia se lamentan de que sus hijos no los respetan como deberían y no saben qué hacer para remediarlo. Los maestros también cuentan que la mala conducta es un problema notorio en los colegios que a ellos les cuesta manejar. Los niños de hoy aprenden más cosas y más pronto que nunca, sin embargo muchos no demuestran la misma precocidad en cuanto a madurez emocional y comportamiento. Se respira una especie de "parálisis disciplinaria" que todo el mundo percibe y ante la cual se reacciona con pasividad y resignación porque nos hemos convencido de que los niños de hoy día sencillamente no son como los de antes...

La misión de los padres es proporcionar seguridad a sus hijos y facilitarles un desarrollo óptimo

Los niños de hoy son iguales que los de antes, lo que ha cambiado es la manera en que los tratan los padres. La labor de los niños desde muy pequeños ha sido siempre y sigue siendo absorber su ambiente, aprender a ser independiente y poner a prueba la paciencia de los padres a base de travesuras y de alguna que otra rabieta. La misión de los padres, hoy igual que siempre, es proporcionar seguridad a sus hijos y facilitarles un desarrollo óptimo a nivel físico, emocional e intelectual. Para lograrlo los padres se tienen que ganar el respeto de sus hijos a base de mucho amor y de no pocos límites. La mayoría de los padres hoy, igual que siempre, hacen por sus hijos lo mejor que pueden pero muchos padres bien intencionados están teniendo hoy más problemas nunca para ganarse el respeto de sus hijos por no entender las consecuencias de criar a los niños sin límites desde muy pequeños o sencillamente por no saber muy bien cómo ponerlos.
Para los padres es fácil confundir por un lado la paciencia con la permisividad, y por otro los límites con la agresión física, verbal o psicológica. Algunos evitan corregir a los niños con una autoridad que tal vez ellos resintieron cuando eran hijos y prefieren no llevar la contraria a sus hijos. Otros repiten consciente o inconscientemente los patrones de agresividad y control con los que ellos mismos fueron criados. En realidad, ni la permisividad ni la agresión de ningún tipo son maneras efectivas de poner límites a los hijos y, además, sus repercusiones en el carácter del hijo y en la armonía de la vida familiar son muy negativas, con lo que ello implica para el desarrollo emocional de un niño. Una relación padre-hijo en la que reine la firmeza y la armonía es muy importante en la vida de los niños porque a través de ella aprenden a relacionarse no sólo con los padres, sino también con los hermanos, los amigos, los maestros, y con las demás personas que van apareciendo en sus vidas.

Aprender a respetar y a poner límites es una parte fundamental de la educación de los niños

Saber poner límites a los niños consiste en saber cuándo decirles "si" y cómo decirles "no". Es una tarea sencilla cuando lo niños son pequeños pero si los padres no se la toman en serio se convertirá en un reto cada vez mayor a medida que los niños van creciendo. Aprender a respetar y a poner límites es una parte fundamental de la educación de los niños, es un proceso de años que implica aprender, practicar, cometer errores, y recibir alguna que otra consecuencia. Mediante límites sanos puestos por los padres con firmeza y delicadeza los niños interiorizan qué está bien y qué está mal, se acostumbran a controlar la frustración, entienden que hay que respetar a los demás y aprenden cómo hacerse respetar por los demás.
Todo ello le permitirá tomar cada día decisiones acertadas que se reflejarán en un buen comportamiento. Un niño que es educado de esta manera es más probable que crezca y que llegue a la compleja adolescencia seguro de sí mismo y razonablemente preparado para superar los retos que inevitablemente se irá encontrando en su camino.
Los límites son el día de hoy una asignatura pendiente para muchos padres, pero es un reto fácil de superar porque independientemente de la edad de los hijos cualquier momento es bueno para que reflexionemos sobre la importancia que estamos dando a los límites y para evaluar la forma en que los estamos poniendo. La reacción de los hijos no se hará esperar!
 
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Pepa Rivero de Wenrich
es fundadora de Parent Coach Miami, una empresa dedicada a dar clases y asesoría personalizada a padres de familia, fundamentalmente en temas de disciplina. Se certificó como "Leadership Parenting Coach" por el Instituto de John Rosemond, uno de los expertos en familia más reconocidos en Estados Unidos.
 

lunes, 19 de enero de 2015

Temas complejos: EL URGENTE TEMA DEL SUEÑO EN LOS ADOLESCENTES

Considero este tema prioritario para abordar en todas las casas donde hay hijos pre y adolescentes. Los padres se lo tienen que tomar como objetivo fundamental, sí o sí.
 
 
Más "insomnio tecnológico" entre los adolescentes: tres consecuencias a tener en cuenta
 
Usar el smartphone o la tableta antes de dormir es muy nocivo y puede producir dificultades para conciliar el sueño, bajo rendimiento escolar e hiperactividad
 
 
ForumLibertas.com
No es ninguna novedad que el uso de las nuevas tecnologías genera en muchos casos una adicción insana que puede tener consecuencias negativas para los más jóvenes.
 
En ese sentido, varias universidades de Estados Unidos ya están elaborando estudios para determinar cómo afecta el uso de la tecnología en el rendimiento escolar, en la concentración y en otros hábitos, y algunos expertos esperan que los resultados sean sorprendentes.
 
Así, una rutina de muchos chicos antes de acostarse, consultar el smartphone o la tableta antes de dormir, es muy nociva si lo que se pretende es conciliar el sueño, ya que los dispositivos tecnológicos utilizan pantallas retroiluminadas y activan zonas del cerebro que anulan el sueño, según informa Europa Press.
 
Ante esta cuestión, los expertos recuerdan que la actividad predecesora a la conciliación del sueño debe ser tranquila e inducir a dormir.Consecuencias del uso del smartphone antes de dormir
 
La primera consecuencia relacionada con uso del smartphone y las tabletas antes de dormir son los trastornos de conciliación y mantenimiento del sueño. Los episodios de pesadillas o parasomnia (pequeñas interrupciones del sueño) también están asociados.
 
La segunda es el bajo rendimiento escolar. Así, tras una noche en la que se ha descansado poco, la falta de atención, concentración, irritabilidad y cansancio para afrontar el día son las consecuencias más inmediatas.
 
La hiperactividad también está asociada. Y es que al contrario de lo que nos pasa a los adultos, los niños y adolescentes que no duermen bien al día siguiente suelen estar hiperactivos, muy agitados. Y esto hace que no se concentren y su rendimiento escolar baje.
 
Los neurólogos coinciden en afirmar que al menos una hora antes de dormir se prescinda del uso del Smartphone o la tableta.

 
Combatir el "insomnio tecnológico"
 
Las consultas de cabecera y las unidades de sueño están empezando a registrar un incremento en el número de pacientes menores, que tienen dificultades para conciliar el sueño, o bien se desvelan a medianoche y no retoman el sueño de forma fácil.
 
Cuando los menores acuden a la unidad del sueño, es necesario determinar si los problemas relacionados con el insomnio son de tipo neurológico o neumológico. Generalmente se trabaja para corregir los malos hábitos que impiden conciliar el sueño al usar el smartphone antes de dormir y el problema tiende a desparecer. 
 
El perfil de estos menores suele ser el de varones de entre 14 y 16 años, y el 98% de ellos, por no asegurar que todos, utilizan dispositivos tecnológicos en la hora previa al sueño, incluso en la misma cama.
 
La solución para erradicar este problema pasa por explicar a los chicos las razones científicas de por qué usar los móviles, tabletas y otros dispositivos antes de dormir es malo.

 
Estas razones científicas para este tipo de "insomnio tecnológico" son dobles.
 
1. La luz artificial de estos dispositivos. Técnicamente se llaman pantallas con luz retroalimentadas, altera la producción de melatonina, que es la hormona que ayuda a regular nuestros ritmos circadianos (nuestro reloj interno) y a conciliar el sueño.
 
Este retraso en la producción de melatonina en los adolescentes es muy importante y puede tener consecuencias serias para el resto de su vida, con problemas de insomnio serios.
 
2. Activación de las neuronas. Estos aparatos activan las neuronas y nos activamos nosotros, lo que impide conciliar el sueño. Lo aconsejable es no usar pantallas entre una y dos horas antes de irse a dormir. Es difícil, todos estamos un poco enganchados al WhatsApp.
 
 

sábado, 17 de enero de 2015

temas complejos: MODELO DE EDUCACIÓN: ¿FELICIDAD O HERRAMIENTAS PARA TRIUNFAR?

Me gustaría matizar el planteamiento de fondo para no contraponer necesariamente vida y felicidad, trayectoria y experiencia... Pero básicamente las conclusiones son acertadas; recomiendo la lectura.


Padres e Hijos / Gregorio luri

«Los padres que quieran hijos felices tendrán adultos esclavos de los demás»

ABC.es Día 16/01/2015

El filósofo navarro advierte que la sociedad no tratará a los niños por el grado de felicidad que tengan, sino por aquello que sepan hacer

Para el filósofo Gregorio Luri, buen conocedor del mundo educativo, y autor de «Mejor Educados» (Ariel), es mucho más sensato enseñar a nuestros hijos a superar las frustraciones inevitables que hacerles creer en la posibilidad de un mundo sin frustraciones. Luri, además, es especialmente crítico con aquellos que desean hijos felices. «Primero, yo creo que lo que hay que hacer es amar a la vida, no a la felicidad. Y no se puede amar a las dos al mismo tiempo. Porque la felicidad solo se puede conseguir jibarizando a la vida. Es decir, por medio de la idiocia. Además, no creo que existan los niños felices». Así lo asegura el ensayista navarro para quien la infancia no solo no es feliz, sino que suele ser una edad «terrible». «La vida es muy compleja. Otra cosa es que pueda haber momentos de gran alegría en la infancia. Pero también puede haberlos diez minutos antes de tu muerte», advierte. «Eso sí, teniendo también claro que no queremos hijos infelices y que lo contrario de la felicidad no es la infelicidad», matiza.
—A cualquier padre que se le pregunte responde que quiere un hijo feliz. Y es abrumadora la sobreoferta de obras de psicología y de noticias que indican el camino más corto para llegar a la felicidad.
—A esos padres les pediría que abrieran los ojos y que me dijeran qué ven. La vida es compleja, llena de incertidumbres, y con un sometimiento terrible al azar. Estoy empezando a pensar que hay un sector de educadores postmodernos que se han convertido en el aliado más fiel de la barbarie, que lo que hacen es ocultar la realidad y sustituirla por una ideología buenista, acaramelada, y de un mundo de «teletubbies». Personalmente, me resultan más atractivas la valentía y el coraje de afirmar la vida. Tenga usted un hijo feliz y tendrá un adulto esclavo, o de sus deseos irrealizados o de sus frustraciones, o de alguien que le va a mandar en el futuro. Personalmente, me resulta mucho más atractiva la valentía, el coraje de afirmar la vida. Algo que ha sido, por otra parte, la gran tradición occidental desde Homero hasta hace dos días: Querer a la vida a pesar de que esta es injusta, tacaña, austera. No querer a la vida porque encontramos la forma de diluirnos todos en un acaramelamiento que hasta me parece soez. Ahora la felicidad se entiende como un recorte de las aspiraciones.
—Tampoco queremos hijos infelices.
—En absoluto, eso sería de juzgado de guardia. Hay que tener claro que lo contrario de la felicidad no es la infelicidad, es la realidad. Hay que asumir la complejidad del mundo. Como seres humanos nuestro deber no es ser felices, es desarrollar nuestras capacidades más altas. Y la felicidad es una ideología que milita contra esto. ¿Por qué? Por la simpleza de nuestros teóricos, que nos llevan a una felicidad en cursivas. Procure que sus hijos no sean infelices, y después enséñeles la realidad, a sobrellevar sus frustraciones, a sobrellevar un no. Estamos creando niños muy frágiles y caprichosos, sin resistencia a la frustración, y además convencidos de que alguien tiene que garantizarles la felicidad. Y si alguien no se la garantiza, se encuentran ante una desgracia metafísica. Porque cuando nuestros hijos salgan al mercado, la sociedad no les va a medir por su grado de felicidad, sino por aquello que sepan hacer, que es exactamente lo que se le pide a las personas con las que nos relacionamos. Cuando vamos al dentista, no nos importa que sea feliz, sino que sea profesional en lo que hace. Si necesitamos un fontanero, querremos que sea eficiente, rápido, y a ser posible barato. Hombre, si es amable, mejor. Pero desde luego no vamos a valorar si es un fontanero feliz. Además, me parece muy sano que nuestras relaciones sociales, especialmente con los desconocidos, no estén mediadas más que por su profesionalidad, sin necesidad de estar pendientes de la emotividad.
—En su libro «Mejor educados» tiene un capítulo que reza: «Desconfíe del profesor que quiere hacer feliz a su hijo». ¿También de la escuela?
—De las que prometen «experiencias». Una escuela lo que tiene que ofrecer es la posibilidad de realizar trayectorias, no experiencias. Y en el caso concreto de los niños pobres, la posibilidad de cambiar de trayectoria, de liberarse, y de abrirse puertas. Si vuestros hijos van a una de esas escuelas en las que Bucay es el intelectual de referencia, competir está prohibido, cuando juegan, todos ganan y nadie pierde, y se considera más importante educar emocionalmente que enseñar álgebra, entonces, manteneos vigilantes. El mundo, sea lo que sea, no es un fruto de nuestro deseo. Y está muy bien que no sea así, porque si no cada uno tendríamos el nuestro. Y la realidad es aquello que un escritor catalán decía: «Ante la realidad, siempre se está en primera fila». Esto hay que saberlo. Y de todas formas, te llevas unos cuantos sopapos en la vida. Lo cierto es que hay que estar listo para eso. Pero... ¿para qué estamos preparando nosotros a nuestros hijos? Para ser felices, mientras las madres «tigre» chinas, por ejemplo, entrenan a sus hijos para que sean capaces de ir a cualquier universidad del mundo. Nos puede parecer que son demasiado estrictas, pero la realidad de los resultados de sus hijos nos obliga a no hacer demasiadas bromas con ellas, porque existe la posibilidad de que en el futuro sean los jefes de los nuestros. ¿Conclusión? Queramos hijos felices, que tendremos que ir con nuestro currículum de la felicidad a buscar trabajo en empresas chinas.
—En este sentido, usted aboga por las escuelas tradicionales, frente a otras modernidades pedagógicas. ¿Por qué?
—Mire, hay escuelas, tanto públicas como privadas, que ponen gran entusiasmo en dejar bien claro que no son tradicionales. Viven en la fantasía de que una escuela no puede ser buena si no ha roto con la tradición pedagógica. Quieren ser exclusivamente escuelas del siglo XXI. No es raro que se definan a sí mismas con fórmulas retóricas muy sofisticadas detrás de las cuales no hay ningún contenido claro. Pienso en la psicología positiva, la educación emocional, las inteligencias múltiples... etcétera. Frente a esto, están las escuelas tradicionales, llenas de imperfecciones sí, pero que acumulan una larga experiencia de ensayos y de errores que deberíamos tener en cuenta antes de jugarnos la educación de nuestros hijos a la única carta de nuestra ingenuidad. Es más, con frecuencia la pedagogía beata añade a su propuesta de hacer felices a los niños algo que parece más serio: «hacerlos mejores personas». ¿Pero se puede puede ser mejor persona sin conocimientos, sin capacidad para mantener la atención, sin competencias, sin hábitos? Piense usted en su propio mundo antes de responder a esta pregunta: ¿Se puede ser creativo sin tener conocimientos? ¿Y la memoria, es un estorbo para tener conocimientos?
—También asegura usted en su obra que la escuela perfecta no existe.
—Esto hay que tenerlo claro cuando se busca un centro educativo para los hijos. Cada escuela tiene sus puntos débiles. Y esto causa una cierta frustración a muchas familias, pero así son las cosas: no existen ni la familia ni la escuela perfecta. Lo que hay que pensar es en el clima intelectual de la familia y en los hábitos de trabajo que reinan en ella. Esos serán mejores indicadores del éxito o el fracaso escolar del niño que la escuela misma. Y, desde luego, el trabajo diario de los niños nos predice con más fiabilidad su futuro éxito que la cantidad que paguemos de cuota escolar.
—Los padres de ahora, ¿son demasiado flexibles con sus hijos?
—No, lo que están es perplejos. Y existen elementos objetivos para su perplejidad. En contra de lo que se dice de que los padres han dimitido, pienso que están más preocupados que nunca, quizá demasiado. En este sentido, soy partidario de reformular los derechos de los niños. El primero de todos sería que los hijos tienen derecho a tener unos padres tranquilos, que no estén continuamente preocupados, pendientes de qué tienen que hacer en el momento en que se encuentran sus hijos. Segundo, que tienen derecho a tener unos padres imperfectos. Porque así tienen relación con seres humanos. Voy a decir algo que me parece esencial: ser adulto, o hacerse adulto, es aprender a querer a los que te rodean a pesar de que estén llenos de faltas. La clave de todo esto de la felicidad es una ideología muy extraña que considera que la vida es un conjunto de problemas, cuya respuesta nos la puede dar no sé qué sabiduría, y en el momento en que tengamos respuesta a esa sabiduría seremos felices. Eso es un cuento chino.

Las redes sociales y la felicidad: «Nadie puede considerarse feliz hasta el día de su muerte»

—Es muy común alardear de felicidad a través de internet.
—No veo el porqué ir proclamando sentimientos por ahí, ni porqué estar contaminando a los demás de mi estado emotivo... Cada uno tiene sus propias preocupaciones. La gente es muy cansina alardeando de lo felices que son, y las redes sociales no ayudan, desde luego. Hay una historia clave y maravillosa de Herodoto en el segundo libro de su historia, que lo explicaría muy bien: Un día el rey Creso recibe a Solón de Atenas, un poeta, reformador, legislador y estadista ateniense, uno de los siete sabios de Grecia. Cuando llega a palacio, Creso le señala su tesoro y le pregunta ¿conoces a alguien más feliz que yo? y Solón de Atenas le responde: «Nadie puede considerarse feliz hasta el día de su muerte». Esta es la paradoja. Creso no entiende sus palabras hasta que los persas conquistan su reino, lo cogen prisionero, y lo ponen en una pira para prenderle fuego y que muera. Cuando va a morir comienza a llorar y le preguntan: ¿Qué te pasa? «Es que me estoy acordando de las palabras de Solón», responde. Porque ni puedes controlar la fortuna de verdad, ni tus estados de ánimo. Son los estados de ánimo los que te dominan a tí, y al que me diga que es capaz de programar el estado de ánimo que va a tener dentro de tres días a las cinco quince, yo me veo obligado a decirle que es un memo. Son los estados de ánimo los que se apoderan de nosotros. Por eso a veces no entendemos porque estamos de mal humor si tenemos una familia a la que queremos, un buen trabajo... Los estados de ánimo son un estado antropológico muy importante y muy serio, y no obedecen a una programación técnica.
 
 

jueves, 1 de enero de 2015

investigaciones: PELIGROS DE LA ADOLESCENCIA PREMATURA



Los adolescentes que maduran muy pronto afrontan un mayor riesgo de depresión

noticiasdelaciencia.com

 
Los jóvenes que entran con adelanto en la pubertad tienen un riesgo más elevado de depresión, aunque el problema se desarrolla de forma distinta en chicas que en chicos. Así lo sugieren los resultados de un nuevo estudio.
 
Una maduración precoz activa una serie de dificultades psicológicas, sociales, de comportamiento e interpersonales que permiten predecir niveles elevados de depresión en esos chicos y chicas varios años más tarde, según la investigación del equipo de la psicóloga Karen D. Rudolph, profesora en la Universidad de Illinois en Champaign, Estados Unidos.
Rudolph y sus colegas registraron la llegada de la pubertad en más de 160 jóvenes e hicieron un seguimiento de sus niveles de depresión a lo largo de un período de cuatro años.
Se constató que los jóvenes que entraban en la pubertad antes que la mayoría de sus compañeros eran vulnerables a varios riesgos que estaban asociados con la depresión. Tenían una imagen de sí mismos más pobre; una mayor ansiedad; más problemas sociales, incluyendo conflictos con miembros de la familia y compañeros; y tendían a hacerse amigos de quienes eran propensos a meterse en problemas.
 Los niveles de depresión entre las chicas con maduración precoz eran altos al principio del periodo de estudio, y permanecían estables a lo largo de los siguientes tres años, incluso en la época en que sus compañeras de la misma edad ya habían alcanzado su misma fase de desarrollo femenino.
 
Los cambios de la pubertad ocasionan que las chicas que maduran temprano se sientan mal respecto a ellas mismas, que afronten peor los problemas sociales, que se unan a compañeras de conducta problemática o cuestionable, que se introduzcan en ambientes sociales más arriesgados y más estresantes, y que experimenten alteraciones y conflictos dentro de sus relaciones.
 Una madurez temprana no pareció tener esos efectos adversos inmediatos en chicos, quienes mostraron al principio niveles de depresión notablemente más bajos que sus compañeras. Sin embargo, estas diferencias entre ellos y ellas desaparecieron con el tiempo, y a finales del cuarto año los chicos que maduraron temprano no se distinguían mucho de sus compañeras en sus niveles de depresión.
 Si bien una maduración temprana pareció proteger inicialmente a los chicos de los retos de la pubertad, estos experimentaron una cascada creciente de riesgos personales y contextuales (imagen negativa de sí mismos, ansiedad, problemas sociales y tensión interpersonal) que se transformó en depresión a medida que entraban en la adolescencia
 
 

jueves, 11 de diciembre de 2014

temas complejos: LA RELIGIOSIDAD DE LOS ADOLESCENTES

Otro fragmento publicado de mi libro


Los 5 tipos de adolescentes según su relación con lo religioso: una clasificación clásica

Los 5 tipos de adolescentes según su relación con lo religioso: una clasificación clásica
Una chica en oración en un encuentro de los grupos católicos de adolescentes LifeTeen

Religión en Libertad

José García Sentandreu, director del colegio Highlands El Encinar en Madrid, después de 25 años de apostolado y trabajo con jóvenes y adolescentes ha publicado «Adolescentes, qué hacemos con ellos» (Ed. De Buena Tinta). 

En este interesante libro mantiene la clasificación clásica de los adolescentes respecto a la religión que ya diera en los años 50 y 60 Louis Guittard (autor de La evolución religiosa de los adolescentes y Pedagogía religiosa de los adolescentes). Desde entonces la cultura ha cambiado mucho, pero los perfiles psicológicos no.

Sentandreu usa esa clasificación y da sus consejos para acercarse a ellos, si bien, detalla "la aproximación a ellos, por parte de los formadores, evidentemente debe ser diferente, personalizada".

1. Los fervorosos.
Son los menos, y menos en la edad juvenil. Suelen avanzar siempre en la misma dirección con el paso de los años. Sienten la necesidad de ser ayudados, pero basta una sugerencia y un pequeño apoyo para mantenerse en la línea.

Encuentran pronto una experiencia fuerte de Dios. El culto les atrae. Parece que existe una armonía preestablecida entre sus aspiraciones y los imperativos de la religión. No es que no tengan momentos de relajación y debilidad, pero se rehacen en seguida y con más fervor.

Qué hacer con ellos: Ayudarles a que no caigan en el formalismo, en los escrúpulos o en el conformismo. Hay que sostenerlos con constancia en el camino de la perfección.




2. Los inestables.
Prevalece la indecisión; querrían ser fervorosos pero no se sienten suficientemente fuertes para lograrlo. De repente, sin causa aparente, renuncian a todo progreso, hasta el momento que vuelven a ser fervorosos.

Las primeras caídas son el origen de sus trastornos. Pueden acabar en indiferentes o tradicionalistas, por eso merecen una atención especial y mucha paciencia.

Qué hacer con ellos: Ayudarles a afrontar la lucha serenamente. Es esencial no dejarlos aislados.



3. Los tradicionalistas.
Al inicio adoptan dócilmente el comportamiento religioso que le dan en la casa o en el colegio, pero su fidelidad al culto y a la moral se trata más de una costumbre que de una convicción. En teoría son fieles al principio, en la práctica salvan más bien las apariencias.

Con frecuencia sienten remordimiento por su mediocridad pero no tienen celo para renunciar a ella. La religión les servirá como refugio cómodo. Buscan «los consuelos de Dios pero no el Dios de los consuelos».

Qué hacer con ellos: Hay que suscitar en ellos la autenticidad, quitarles el agobio de ciertos actos piadosos facultativos para que puedan vivir con más profundidad los necesarios. Aplicar la ley de la gradualidad.

4. Los indiferentes.
Son irreligiosos en potencia. No hay atracción por lo espiritual ni necesidad de discutir de lo religioso (a diferencia de los irreligiosos). Abandonan las prácticas religiosas lo antes y lo más posible.

Tratan de pensar lo menos posible en Dios y de cumplir lo indispensable en lo moral. Conservan creencias cristianas pero viven como si no las tuvieran.

Qué hacer con ellos: Como carecen menos de saber que de buena voluntad hay que ayudarles a creer en el valor de religión. Hay que buscar abrirles a algo grande, para que un día Dios pueda ocupar ese hueco abierto. Es típico en la adolescencia avanzada, donde los problemas morales encuentran una excusa en esta indiferencia.



5. Los irreligiosos.
Se pueden confundir con los anteriores pero tienen un temperamento especial. Son más beligerantes, doctrinarios y agresivos. La religión, no sólo no les interesa, sino que les irrita y les causa repulsión.

En su conducta minimizan la influencia religiosa pero, no obstante, en muchas ocasiones la fe actúa sobre su pensamiento. Muchos de ellos brotan de familias cristianas tradicionalistas que de alguna forma los han agobiado o los han quebrado con sus incoherencias formalistas.

Qué hacer con ellos: Lo esencial para estos es, lo antes posible, activarlos en una ayuda social para que ésta, con paciencia, sea el inicio de un acercamiento. Hay que ser muy tolerantes y cuestionarlos con un testimonio de vida ejemplar y atractivo, con cero sermones.


 
 FICHA TÉCNICA COMPRA ONLINE
Título:Adolescentes: qué hacemos con ellosOcio Hispano
Autor:José García SentandreuAmazon (ebook)
Editorial:De Buena Tinta 
Páginas:284 páginas 
Precio16,00 euros

jueves, 4 de diciembre de 2014

reseñas: PROMOCIÓN DEL LIBRO PARA PADRES Y FORMADORES DE ADOLESCENTES



Han publicado esto para promoción de la nueva edición del libro para formadores de adolescente. !Espero o guste! Y que compréis el libro...


J.Gª Sentandreu, en «Adolescentes, qué hacemos con ellos»

6 cosas que los padres han de hacer si quieren poder comunicarse bien con sus hijos adolescentes

6 cosas que los padres han de hacer si quieren poder comunicarse bien con sus hijos adolescentes
Hablar con adolescentes no es nada fácil, pero es necesario si unos padres quieren poder ayudar a su hijos
 
Religión en Libertad
Actualizado 3 diciembre 2014



José García Sentandreu, director del colegio Highlands El Encinar en Madrid, después de 25 años de apostolado y trabajo con jóvenes y adolescentes ha publicado «Adolescentes, qué hacemos con ellos» (Ed. De Buena Tinta).

Bebe de su experiencia y de la de todo un equipo profesional de la Universidad Francisco de Vitoria, que se expresa también en el blog El-adolescente.com.

Uno de los temas clave que trata el tema es el de la comunicación de los padres con los adolescentes, precisamente en una edad en que los chicos tienden a cerrarse, rehuir a sus padres y aislarse en su mundo.



Pero comunicarse es necesario y los padres lo pueden conseguir con estas 6 acciones, que recogemos aquí del libro.

1) Establecer una nueva alianza: ya no son niños
Es importante que los padres, cuando el hijo entra en la adolescencia, abandonen poco a poco ciertos rasgos del tipo de relación que se remonta a cuando el hijo era aún niño, y que establezcan una especie de nueva alianza, una relación fundada sobre bases nuevas y que se despliegue en nuevas expectativas, nuevos cometidos y nuevas responsabilidades recíprocas.

Será este cambio psicológico de actitud el que impulsará al muchacho al crecimiento hacia la madurez. Este cambio psicológico deberá adquirir poco a poco la forma de una enseñanza lo más lejana posible del tono de prédica o de sermón.

Es poco educativa, y poco eficaz, la continua exhortación pedagógica que a veces se manifiesta y expresa con suspiros, expresiones resignadas del rostro, miradas y movimientos de cabeza en señal de desaprobación. Se podría recurrir también a esto, sí, pero ante todo habría que preguntarse sobre el sentido y los rasgos de una comunicación auténtica.



2) Acoger al joven tal como es
Hay un modo de relacionarse que es de por sí satisfactorio, que hace sentirse bien; es el de acoger cordialmente a quien se tiene delante, tal como es.

A veces bastará con reforzar los puntos del lenguaje no verbal y el penetrante lenguaje de los gestos silenciosos y afectivos. Nunca es tan protagonista el cuerpo como en esta edad de la vida.

Según las ciencias psicológicas, el cuerpo es el vehículo principal de la manifestación no verbal de los sentimientos y afectos. En consecuencia el cuerpo se convierte en el medio más importante para recibirlos y codificarlos.

Es fácil deducir que, si el afecto hacia el hijo está inspirado en la paciente y aceptadora benevolencia de su gradual crecimiento y de su deseo de libertad, este sentimiento puede ser expresado con gestos silenciosos mucho más penetrantes y quizá más convincentes que mil palabras.

3) Aprender a observar al joven, estar atento
Siguiendo a una pedagoga reconocida: el padre de familia, y el educador en general, debe aprender a observar. Observar es mirar con atención, seguir atentamente.

Para poder observar es necesario «estar presentes»; es decir, garantizar una presencia discreta al hijo, en el sentido de que ya no puede ser el mismo tipo de presencia que cuando el hijo era un niño. Observar no es vigilarlo insistentemente, escudriñarlo, escrutarlo o juzgarlo para ponerle nervioso.

Observar no es buscar en seguida explicaciones o causas, para hacer diagnósticos y dar interpretaciones aceleradas.

Saber observar es difícil. Hay que saber prescindir en ocasiones de los propios puntos de vista que son, muchas veces, el origen de los prejuicios. Observar es intentar ver al hijo sin intenciones prefijadas y sin comparaciones. Es mirar desde la distancia emotiva justa, ni demasiado cerca (confluencia absorbente) ni demasiado lejos (indiferencia), aunque unas veces sea oportuno acercarse a las cosas y otras sea necesario distanciarse de ellas.

Observar es encontrarse con la mirada, establecer un contacto, hasta «tocarse» con los ojos. Observar es empezar a reparar en todas esas pequeñas y grandes señales que el muchacho envía a través de su cuerpo: la cara, los ojos, la voz, etc., y mediante ellos llegar a su alma. No es casualidad que muchos padres sean los últimos en saber ciertas cosas de su hijo. Buscan informarse, preguntan, espían... pero no observan.



4) Aprender a escuchar
El padre de familia debe saber escuchar. La verdadera escucha es profunda y difícil para los padres y para los hijos. Cuando un padre presta atención al hijo para después, como de costumbre, contradecirlo, corregirlo, hacerle notar sus fallos o decirle inmediatamente aquello que según él necesita, no lo está escuchando, sino que está librando su batalla particular.

El hijo que percibe que tiene un padre impenetrable, no se siente comprendido. Para una buena escucha es necesario crear un vacío interior y adoptar una posición de receptividad, bloquear el flujo de pensamientos internos que en seguida se infiltran mientras está hablando el otro.

La verdadera escucha la realiza un padre cuando presta atención a las palabras del hijo y a sus emociones, reconociéndolas por aquello que son en realidad, sin acentuarlas o disminuirlas, sin sobrevalorarlas o devaluarlas; o desdramatizando gratuitamente, ironizando, ridiculizando y generalizando.

Es necesario utilizar los ojos, introducirse en los ojos del hijo en lugar de mirar a otra parte mientras habla. Hay que escuchar con todo el cuerpo, con una postura y gestos que demuestren interés, aceptación, atención.

Escuchar los contenidos para captar la conformidad de estos con el tono de voz y con las expresiones del rostro; escuchar los silencios, las pausas, la respiración, escuchar incluso los rubores. Y hay que comprender que el muchacho vive una revolución interior, que le es difícil expresarse y darse a entender.



5) Buscar conocer al hijo... sin "psicologizar"
El padre debe buscar conocer al hijo. En la actualidad se ha introducido la tendencia «psicologizante» de querer interpretar todo, de querer encontrar a como dé lugar una explicación a todos los comportamientos, movimientos, a cada palabra.

Pero a menudo se interpreta mal por no tener suficientes datos objetivos; lo que lleva a tener una concepción errónea del hijo. Lógicamente esto empeora la relación, dado que interpretar en esta ocasión significa prejuzgar, «etiquetar».

En cambio el verdadero conocer es acercarse, acortar las distancias, para entrar en el área de la intimidad. La racionalización no es el camino idóneo para llegar al adolescente. Para conocer al propio hijo es necesario encontrar la clave justa que permita acceder a su intimidad.

El padre podrá conocer al hijo sólo si no le infunde miedo o temor reverencial, si sabe crear una relación sana y un vínculo en plena libertad. Para lograrlo es necesario una graduación de comportamientos: no invadir el territorio del hijo sin su permiso, sino esperar con paciencia a que solo, libremente, salga fuera de su madriguera de aislamiento y clausura.

El dinero, los regalos, los premios, no pueden comprar la amistad del hijo o su simpatía. La constricción, la fuerza, las amenazas, la seducción son inútiles. Se ha constatado, en cambio, que existen tres claves que son un salvoconducto capaz de abrir todas las puertas:

- la empatía, que es la capacidad de lograr hacer manifiestos los sentimientos y afectos del hijo;

- la autenticidad, que es la capacidad de manifestar con congruencia los propios sentimientos y afectos;

- y el respeto, que es la capacidad de aceptación incondicional del hijo, tal como es.



6) Aprender a actuar... y a no actuar
El padre debe aprender a actuar. Muchas veces los padres preguntan qué hacer, cómo comportarse con el hijo ante tal circunstancia, cómo no equivocarse en edad tan crítica.

En muchos casos el qué hacer es muy sencillo: «no hacer» o «dejar hacer». No hacer, aunque no lo parezca y pueda interpretarse como desinterés, es más difícil que hacer.

En efecto, resulta espontáneo intervenir, tratar de hacer algo, especialmente cuando se tiene la sensación de que el hijo está a punto de equivocarse o no está todavía maduro para afrontar aquella situación. En realidad cuanto más interviene el padre, menos iniciativa toma el hijo.

No hacer, en este sentido, no es tampoco no actuar por indecisión o por miedo, no es ignorar al hijo, sino resistir al impulso de intervenir por una mínima cosa, o sustituir al hijo en la toma de decisiones.

El no hacer puede realizarlo el padre en muchas ocasiones:

-en el resistir al impulso de regañar, amenazar o criticar continuamente al hijo privándole de tener confianza en sí mismo;

- en el reprimir la costumbre de decirle siempre sermones;

- en el frenarse cuando la propia tendencia es querer siempre ofrecer soluciones o sugerencias;

- en el evitar juzgar, inculpar, ridiculizar sistemáticamente al hijo;

- en el contener el ansia de interpretar, investigar, hacer siempre preguntas e interrogatorios;

- en el controlarse cuando instintivamente se querría desdramatizar o dramatizar demasiado, desviar, despistar («hablemos de otras cosas», «olvidemos este asunto», «te lo tomas demasiado a pecho», «esta vez te has pasado»).

No hacer es saber dejar que actúe el silencio y dar el tiempo justo para que el muchacho pueda llegar a una mayor conciencia y a una más profunda introspección con el objeto de interiorizar positivamente su experiencia.

Es necesario un hacer positivo, entre otras cosas: crear en la familia el ambiente propicio para la educación constante; ofrecer los medios convenientes para el crecimiento integral del muchacho (colegio adecuado, actividades extraescolares sanas, pasatiempos enriquecedores, etc.); dedicar el tiempo necesario para convivir y conversar con los hijos; y saber ofrecer todo esto adecuándose a la índole y a la personalidad de cada hijo, porque cada uno es un mundo y hay que actuar con cada uno de diversa forma.

Con frecuencia los padres dicen que hacen muchas cosas por los hijos. Pero no basta un hacer si éste no va acompañado por el aliento. El aliento es diferente de la alabanza. El aliento es preventivo, consiste en sostener al muchacho en sus esfuerzos antes de que él se disponga a hacerlos, sostenerlo por encima y aun a falta de resultados; es estima y respeto sin condiciones; es ver los aspectos positivos de su comportamiento en lugar de subrayar las equivocaciones.

La alabanza, en cambio, tiende muchas veces a obtener del hijo lo que el padre espera, es posterior a las acciones, lleva a la competitividad, le puede inducir a pensar que su comportamiento es aceptable a partir del aprecio de los otros.

El aliento, por el contrario, impulsa al hijo sin que él incurra en el error de actuar sólo de cara a las expectativas de los padres.

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Editorial:De Buena Tinta 
Páginas:284 páginas 
Precio16,00 euros 

 

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