jueves, 11 de diciembre de 2014

temas complejos: LA RELIGIOSIDAD DE LOS ADOLESCENTES

Otro fragmento publicado de mi libro


Los 5 tipos de adolescentes según su relación con lo religioso: una clasificación clásica

Los 5 tipos de adolescentes según su relación con lo religioso: una clasificación clásica
Una chica en oración en un encuentro de los grupos católicos de adolescentes LifeTeen

Religión en Libertad

José García Sentandreu, director del colegio Highlands El Encinar en Madrid, después de 25 años de apostolado y trabajo con jóvenes y adolescentes ha publicado «Adolescentes, qué hacemos con ellos» (Ed. De Buena Tinta). 

En este interesante libro mantiene la clasificación clásica de los adolescentes respecto a la religión que ya diera en los años 50 y 60 Louis Guittard (autor de La evolución religiosa de los adolescentes y Pedagogía religiosa de los adolescentes). Desde entonces la cultura ha cambiado mucho, pero los perfiles psicológicos no.

Sentandreu usa esa clasificación y da sus consejos para acercarse a ellos, si bien, detalla "la aproximación a ellos, por parte de los formadores, evidentemente debe ser diferente, personalizada".

1. Los fervorosos.
Son los menos, y menos en la edad juvenil. Suelen avanzar siempre en la misma dirección con el paso de los años. Sienten la necesidad de ser ayudados, pero basta una sugerencia y un pequeño apoyo para mantenerse en la línea.

Encuentran pronto una experiencia fuerte de Dios. El culto les atrae. Parece que existe una armonía preestablecida entre sus aspiraciones y los imperativos de la religión. No es que no tengan momentos de relajación y debilidad, pero se rehacen en seguida y con más fervor.

Qué hacer con ellos: Ayudarles a que no caigan en el formalismo, en los escrúpulos o en el conformismo. Hay que sostenerlos con constancia en el camino de la perfección.




2. Los inestables.
Prevalece la indecisión; querrían ser fervorosos pero no se sienten suficientemente fuertes para lograrlo. De repente, sin causa aparente, renuncian a todo progreso, hasta el momento que vuelven a ser fervorosos.

Las primeras caídas son el origen de sus trastornos. Pueden acabar en indiferentes o tradicionalistas, por eso merecen una atención especial y mucha paciencia.

Qué hacer con ellos: Ayudarles a afrontar la lucha serenamente. Es esencial no dejarlos aislados.



3. Los tradicionalistas.
Al inicio adoptan dócilmente el comportamiento religioso que le dan en la casa o en el colegio, pero su fidelidad al culto y a la moral se trata más de una costumbre que de una convicción. En teoría son fieles al principio, en la práctica salvan más bien las apariencias.

Con frecuencia sienten remordimiento por su mediocridad pero no tienen celo para renunciar a ella. La religión les servirá como refugio cómodo. Buscan «los consuelos de Dios pero no el Dios de los consuelos».

Qué hacer con ellos: Hay que suscitar en ellos la autenticidad, quitarles el agobio de ciertos actos piadosos facultativos para que puedan vivir con más profundidad los necesarios. Aplicar la ley de la gradualidad.

4. Los indiferentes.
Son irreligiosos en potencia. No hay atracción por lo espiritual ni necesidad de discutir de lo religioso (a diferencia de los irreligiosos). Abandonan las prácticas religiosas lo antes y lo más posible.

Tratan de pensar lo menos posible en Dios y de cumplir lo indispensable en lo moral. Conservan creencias cristianas pero viven como si no las tuvieran.

Qué hacer con ellos: Como carecen menos de saber que de buena voluntad hay que ayudarles a creer en el valor de religión. Hay que buscar abrirles a algo grande, para que un día Dios pueda ocupar ese hueco abierto. Es típico en la adolescencia avanzada, donde los problemas morales encuentran una excusa en esta indiferencia.



5. Los irreligiosos.
Se pueden confundir con los anteriores pero tienen un temperamento especial. Son más beligerantes, doctrinarios y agresivos. La religión, no sólo no les interesa, sino que les irrita y les causa repulsión.

En su conducta minimizan la influencia religiosa pero, no obstante, en muchas ocasiones la fe actúa sobre su pensamiento. Muchos de ellos brotan de familias cristianas tradicionalistas que de alguna forma los han agobiado o los han quebrado con sus incoherencias formalistas.

Qué hacer con ellos: Lo esencial para estos es, lo antes posible, activarlos en una ayuda social para que ésta, con paciencia, sea el inicio de un acercamiento. Hay que ser muy tolerantes y cuestionarlos con un testimonio de vida ejemplar y atractivo, con cero sermones.


 
 FICHA TÉCNICA COMPRA ONLINE
Título:Adolescentes: qué hacemos con ellosOcio Hispano
Autor:José García SentandreuAmazon (ebook)
Editorial:De Buena Tinta 
Páginas:284 páginas 
Precio16,00 euros

jueves, 4 de diciembre de 2014

reseñas: PROMOCIÓN DEL LIBRO PARA PADRES Y FORMADORES DE ADOLESCENTES



Han publicado esto para promoción de la nueva edición del libro para formadores de adolescente. !Espero o guste! Y que compréis el libro...


J.Gª Sentandreu, en «Adolescentes, qué hacemos con ellos»

6 cosas que los padres han de hacer si quieren poder comunicarse bien con sus hijos adolescentes

6 cosas que los padres han de hacer si quieren poder comunicarse bien con sus hijos adolescentes
Hablar con adolescentes no es nada fácil, pero es necesario si unos padres quieren poder ayudar a su hijos
 
Religión en Libertad
Actualizado 3 diciembre 2014



José García Sentandreu, director del colegio Highlands El Encinar en Madrid, después de 25 años de apostolado y trabajo con jóvenes y adolescentes ha publicado «Adolescentes, qué hacemos con ellos» (Ed. De Buena Tinta).

Bebe de su experiencia y de la de todo un equipo profesional de la Universidad Francisco de Vitoria, que se expresa también en el blog El-adolescente.com.

Uno de los temas clave que trata el tema es el de la comunicación de los padres con los adolescentes, precisamente en una edad en que los chicos tienden a cerrarse, rehuir a sus padres y aislarse en su mundo.



Pero comunicarse es necesario y los padres lo pueden conseguir con estas 6 acciones, que recogemos aquí del libro.

1) Establecer una nueva alianza: ya no son niños
Es importante que los padres, cuando el hijo entra en la adolescencia, abandonen poco a poco ciertos rasgos del tipo de relación que se remonta a cuando el hijo era aún niño, y que establezcan una especie de nueva alianza, una relación fundada sobre bases nuevas y que se despliegue en nuevas expectativas, nuevos cometidos y nuevas responsabilidades recíprocas.

Será este cambio psicológico de actitud el que impulsará al muchacho al crecimiento hacia la madurez. Este cambio psicológico deberá adquirir poco a poco la forma de una enseñanza lo más lejana posible del tono de prédica o de sermón.

Es poco educativa, y poco eficaz, la continua exhortación pedagógica que a veces se manifiesta y expresa con suspiros, expresiones resignadas del rostro, miradas y movimientos de cabeza en señal de desaprobación. Se podría recurrir también a esto, sí, pero ante todo habría que preguntarse sobre el sentido y los rasgos de una comunicación auténtica.



2) Acoger al joven tal como es
Hay un modo de relacionarse que es de por sí satisfactorio, que hace sentirse bien; es el de acoger cordialmente a quien se tiene delante, tal como es.

A veces bastará con reforzar los puntos del lenguaje no verbal y el penetrante lenguaje de los gestos silenciosos y afectivos. Nunca es tan protagonista el cuerpo como en esta edad de la vida.

Según las ciencias psicológicas, el cuerpo es el vehículo principal de la manifestación no verbal de los sentimientos y afectos. En consecuencia el cuerpo se convierte en el medio más importante para recibirlos y codificarlos.

Es fácil deducir que, si el afecto hacia el hijo está inspirado en la paciente y aceptadora benevolencia de su gradual crecimiento y de su deseo de libertad, este sentimiento puede ser expresado con gestos silenciosos mucho más penetrantes y quizá más convincentes que mil palabras.

3) Aprender a observar al joven, estar atento
Siguiendo a una pedagoga reconocida: el padre de familia, y el educador en general, debe aprender a observar. Observar es mirar con atención, seguir atentamente.

Para poder observar es necesario «estar presentes»; es decir, garantizar una presencia discreta al hijo, en el sentido de que ya no puede ser el mismo tipo de presencia que cuando el hijo era un niño. Observar no es vigilarlo insistentemente, escudriñarlo, escrutarlo o juzgarlo para ponerle nervioso.

Observar no es buscar en seguida explicaciones o causas, para hacer diagnósticos y dar interpretaciones aceleradas.

Saber observar es difícil. Hay que saber prescindir en ocasiones de los propios puntos de vista que son, muchas veces, el origen de los prejuicios. Observar es intentar ver al hijo sin intenciones prefijadas y sin comparaciones. Es mirar desde la distancia emotiva justa, ni demasiado cerca (confluencia absorbente) ni demasiado lejos (indiferencia), aunque unas veces sea oportuno acercarse a las cosas y otras sea necesario distanciarse de ellas.

Observar es encontrarse con la mirada, establecer un contacto, hasta «tocarse» con los ojos. Observar es empezar a reparar en todas esas pequeñas y grandes señales que el muchacho envía a través de su cuerpo: la cara, los ojos, la voz, etc., y mediante ellos llegar a su alma. No es casualidad que muchos padres sean los últimos en saber ciertas cosas de su hijo. Buscan informarse, preguntan, espían... pero no observan.



4) Aprender a escuchar
El padre de familia debe saber escuchar. La verdadera escucha es profunda y difícil para los padres y para los hijos. Cuando un padre presta atención al hijo para después, como de costumbre, contradecirlo, corregirlo, hacerle notar sus fallos o decirle inmediatamente aquello que según él necesita, no lo está escuchando, sino que está librando su batalla particular.

El hijo que percibe que tiene un padre impenetrable, no se siente comprendido. Para una buena escucha es necesario crear un vacío interior y adoptar una posición de receptividad, bloquear el flujo de pensamientos internos que en seguida se infiltran mientras está hablando el otro.

La verdadera escucha la realiza un padre cuando presta atención a las palabras del hijo y a sus emociones, reconociéndolas por aquello que son en realidad, sin acentuarlas o disminuirlas, sin sobrevalorarlas o devaluarlas; o desdramatizando gratuitamente, ironizando, ridiculizando y generalizando.

Es necesario utilizar los ojos, introducirse en los ojos del hijo en lugar de mirar a otra parte mientras habla. Hay que escuchar con todo el cuerpo, con una postura y gestos que demuestren interés, aceptación, atención.

Escuchar los contenidos para captar la conformidad de estos con el tono de voz y con las expresiones del rostro; escuchar los silencios, las pausas, la respiración, escuchar incluso los rubores. Y hay que comprender que el muchacho vive una revolución interior, que le es difícil expresarse y darse a entender.



5) Buscar conocer al hijo... sin "psicologizar"
El padre debe buscar conocer al hijo. En la actualidad se ha introducido la tendencia «psicologizante» de querer interpretar todo, de querer encontrar a como dé lugar una explicación a todos los comportamientos, movimientos, a cada palabra.

Pero a menudo se interpreta mal por no tener suficientes datos objetivos; lo que lleva a tener una concepción errónea del hijo. Lógicamente esto empeora la relación, dado que interpretar en esta ocasión significa prejuzgar, «etiquetar».

En cambio el verdadero conocer es acercarse, acortar las distancias, para entrar en el área de la intimidad. La racionalización no es el camino idóneo para llegar al adolescente. Para conocer al propio hijo es necesario encontrar la clave justa que permita acceder a su intimidad.

El padre podrá conocer al hijo sólo si no le infunde miedo o temor reverencial, si sabe crear una relación sana y un vínculo en plena libertad. Para lograrlo es necesario una graduación de comportamientos: no invadir el territorio del hijo sin su permiso, sino esperar con paciencia a que solo, libremente, salga fuera de su madriguera de aislamiento y clausura.

El dinero, los regalos, los premios, no pueden comprar la amistad del hijo o su simpatía. La constricción, la fuerza, las amenazas, la seducción son inútiles. Se ha constatado, en cambio, que existen tres claves que son un salvoconducto capaz de abrir todas las puertas:

- la empatía, que es la capacidad de lograr hacer manifiestos los sentimientos y afectos del hijo;

- la autenticidad, que es la capacidad de manifestar con congruencia los propios sentimientos y afectos;

- y el respeto, que es la capacidad de aceptación incondicional del hijo, tal como es.



6) Aprender a actuar... y a no actuar
El padre debe aprender a actuar. Muchas veces los padres preguntan qué hacer, cómo comportarse con el hijo ante tal circunstancia, cómo no equivocarse en edad tan crítica.

En muchos casos el qué hacer es muy sencillo: «no hacer» o «dejar hacer». No hacer, aunque no lo parezca y pueda interpretarse como desinterés, es más difícil que hacer.

En efecto, resulta espontáneo intervenir, tratar de hacer algo, especialmente cuando se tiene la sensación de que el hijo está a punto de equivocarse o no está todavía maduro para afrontar aquella situación. En realidad cuanto más interviene el padre, menos iniciativa toma el hijo.

No hacer, en este sentido, no es tampoco no actuar por indecisión o por miedo, no es ignorar al hijo, sino resistir al impulso de intervenir por una mínima cosa, o sustituir al hijo en la toma de decisiones.

El no hacer puede realizarlo el padre en muchas ocasiones:

-en el resistir al impulso de regañar, amenazar o criticar continuamente al hijo privándole de tener confianza en sí mismo;

- en el reprimir la costumbre de decirle siempre sermones;

- en el frenarse cuando la propia tendencia es querer siempre ofrecer soluciones o sugerencias;

- en el evitar juzgar, inculpar, ridiculizar sistemáticamente al hijo;

- en el contener el ansia de interpretar, investigar, hacer siempre preguntas e interrogatorios;

- en el controlarse cuando instintivamente se querría desdramatizar o dramatizar demasiado, desviar, despistar («hablemos de otras cosas», «olvidemos este asunto», «te lo tomas demasiado a pecho», «esta vez te has pasado»).

No hacer es saber dejar que actúe el silencio y dar el tiempo justo para que el muchacho pueda llegar a una mayor conciencia y a una más profunda introspección con el objeto de interiorizar positivamente su experiencia.

Es necesario un hacer positivo, entre otras cosas: crear en la familia el ambiente propicio para la educación constante; ofrecer los medios convenientes para el crecimiento integral del muchacho (colegio adecuado, actividades extraescolares sanas, pasatiempos enriquecedores, etc.); dedicar el tiempo necesario para convivir y conversar con los hijos; y saber ofrecer todo esto adecuándose a la índole y a la personalidad de cada hijo, porque cada uno es un mundo y hay que actuar con cada uno de diversa forma.

Con frecuencia los padres dicen que hacen muchas cosas por los hijos. Pero no basta un hacer si éste no va acompañado por el aliento. El aliento es diferente de la alabanza. El aliento es preventivo, consiste en sostener al muchacho en sus esfuerzos antes de que él se disponga a hacerlos, sostenerlo por encima y aun a falta de resultados; es estima y respeto sin condiciones; es ver los aspectos positivos de su comportamiento en lugar de subrayar las equivocaciones.

La alabanza, en cambio, tiende muchas veces a obtener del hijo lo que el padre espera, es posterior a las acciones, lleva a la competitividad, le puede inducir a pensar que su comportamiento es aceptable a partir del aprecio de los otros.

El aliento, por el contrario, impulsa al hijo sin que él incurra en el error de actuar sólo de cara a las expectativas de los padres.

 FICHA TÉCNICA COMPRA ONLINE
Título:Adolescentes: qué hacemos con ellosOcio Hispano
Autor:José García SentandreuAmazon (ebook)
Editorial:De Buena Tinta 
Páginas:284 páginas 
Precio16,00 euros 

 

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