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eslabón. Nos lo han dicho
muchos santos: la lengua es un peligro.
Famosa
anécdota la de San
Felipe Neri, pero no lo suficientemente recordada a la hora
de la hora. Y
muy necesaria para los jóvenes “dicharacheros” de nuestro tiempo. Que cuando
una mujer fue con él a confesarse de haber calumniado, de haber, en definitiva,
hablado mal de otros y con mentira, el santo le puso una curiosa penitencia: de
coger en un día de viento a una gallina, de desplumarla y echar las plumas al
aire, y de ir a recogerlas pasadas unas horas. “¡Imposible cumplir la
penitencia!” Dijo la señora, sabiendo que no podría volver a recoger las plumas
perdidas por el viento. “Imposible
reparar el daño –contestó el santo- de una calumnia echada al viento”.
El apóstol Santiago también lo menciona en el Nuevo Testamento:
la lengua es el miembro más peligroso que tiene el hombre en su cuerpo. Tan
pequeño y capaz de arruinar vidas enteras. Es inconcebible cómo después de 20
siglos de doctrina cristiana todavía los cristianos fallamos y no nos demos
cuenta de un error tan garrafal. Es más, parece que en algunas partes, el
hablar mal de los demás, es la gran diversión y el deporte nacional. ¡Qué
triste y qué serio!
En
el supuesto imaginario de que nos reuniéramos todos los cristianos del mundo en
una especie de gran parlamento, yo haría una consulta sobre los errores más
graves de dicho parlamento: estoy convencido que en el escrutinio saldría como
el error más votado el de la crítica, la calumnia, las malas habladurías de
unos para con otros. ¡Qué triste y qué serio!

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