1. La persona al centro
2. Una visión integradora
3. Una visión trascendente
4. El método ECyD
1. La persona al centro
a)
Afirmamos como punto de partida que en el centro de una pedagogía sana debe estar la persona humana, la
persona concreta, cada persona tal cual es. Esto, que parece
evidente, deja de serlo cuando constatamos que muchos métodos y enfoques
educativos de hoy en día se centran en otros aspectos; y que la adaptación de
tales enfoques a cada persona suele ser nula.
Algunos
métodos se fijan más en lo sociológico:
el problema de la inserción familiar o social, lograrla a toda costa para que
el “conjunto juvenil” no cause problemas a lo establecido, para que los adultos
puedan vivir serenamente… Otros
enfoques, tal cual, son creación de la mercadotecnia para el negocio de la educación.
Otras
visiones de la educación se centran en una concepción
utilitarista y mercantil de las personas. Se busca así tener “buenos”
centros de enseñanza media y superior que tengan contentos, por el alto
rendimiento, a los padres. Se implantan métodos centrados en la especialización
o en la simple competitividad intelectual, técnica o comercial: la organización
anticipada del futuro flujo de la oferta y la demanda en una sociedad
globalizada.
Que no se engañen tantos padres de familia: el parámetro de aprender
bien inglés o mandarín, por ejemplo, está en sus mentes y en sus decisiones muy
por encima de otros parámetros educativos. Y la excusa de que ellos, como
padres, suplen en casa otros elementos (los consabidos valores), se queda tantas
veces por desgracia en eso, en excusa.
La carta (que ofrecemos completa como apéndice
del libro) de la Congregación para la Educación Católica, La escuela católica en los umbrales del tercer milenio, señala al
inicio de su n. 9: “La escuela católica se configura como escuela para la
persona y de las personas….”
b)
Poner la persona al centro. Se dice fácil, pero las implicaciones son numerosas y el llevarlas hasta sus últimas
consecuencias es el gran reto de toda institución educativa y de todo educador
que quieran aportar algo que valga la pena para el futuro de las personas y de
nuestra sociedad. La capacidad de romper esquemas, estructuras, horarios, modos
de actuar, la capacidad de renovarse e innovar, se hacen imperantes para todo
educador que pone su corazón, no tanto en su trabajo o en una supuesta
responsabilidad, sino en la persona con la que trabaja o de la que es responsable.
El filósofo Kant lo llamaba y se deleitaba en: el deber por el deber.
Profesionalismo, rigorismo, moralismo, ritualismo, metodismo, mecanicismo… Qué
fácil es pensar que estamos actuando bien simplemente porque con “voluntarismo”
aplicamos responsabilidad, métodos, sistemas, moral… Qué fácil es olvidarse
poco a poco, así, de las personas. Ya lo dijo hace tiempo alguien… “Las normas
son para el hombre y no el hombre para las normas”.
Este
es uno de los “trabajos” más importantes del educador de hoy; y de las
comunidades dedicadas a la educación. En una sociedad cada vez más estructurada
y globalizada, donde es fácil tener a la mano herramientas múltiples, mucha
información y buena formación profesional, se corre el riesgo, tan real como
sutil, de poner al centro de todo la organización y el trabajo concreto, el qué y el cómo, incluso el quién, pero
no el para quién. Y no nos referimos a
un para quién genérico, que sí se
tiene en cuenta en los diseños de programas educativos (perfiles de ingreso y de
egreso de los educandos), sino a un para
quién concreto, vivo, diferente, único. Viktor Frankl diría que muchos
educadores de hoy han caído en la hiper-intencionalidad:
el exceso de querer hacer bien las
cosas en la educación (exceso también analítico y casuístico) ha desenfocado el
trabajo, ha apartado inconscientemente la mirada del protagonista real y, sin
querer, ha atrofiado las buenas intenciones educativas.
Con un poco de atención, uno se
da cuenta de este desenfoque en muchos ámbitos. Un padre de familia que
mientras oye lo que le dice su hijo no lo escucha (muchas veces ni lo mira),
porque ya está pensando la respuesta perfecta que “el chico necesita”. El
educador que responde a su alumno con la respuesta típica, con el tópico,
porque “es lo que toca responder”. La
institución que no logra la flexibilidad en sus programas y estructuras, porque
“ante todo es la ortodoxia y la eficacia comprobada”…
c)
Poner la persona del otro al
centro. En una sociedad netamente individualista (más aún, con modelos de familia creados para satisfacer
las carencias del propio individualismo sin salir de él), es mucho decir “poner
al otro al centro”. Las estadísticas sociológicas de la familia actual son
rotundas: gran parte de las parejas se construyen sobre expectativas que no
salen de ese individualismo. Por eso, cuando empieza a “doler” ese
“compromiso”, pasa lo que pasa. Hoy en día en Europa uno de cada dos
matrimonios (o parejas de conveniencia) se rompe. ¿Cómo hablar de poner al
centro al otro, empezando por la parte más débil, el hijo?
Aquí hace falta mucho más que un manual de
pedagogía para educadores. Hay una cuestión
de fondo que nuestra sociedad y cada uno de nosotros debe dirimir en lo más
profundo de su corazón: si ponemos al centro nuestra realización
personal-profesional, y en ella el núcleo de nuestra felicidad, o si ponemos un
proyecto común de amor y realización, incluyendo aquí a unos hijos a quienes
educar (sin que ese proyecto común tenga que ir necesariamente en contradicción
con las propias expectativas de realización profesional). El que esté leyendo
esto (seamos claros), si no tiene como libro de cabecera unos Evangelios, no sacará conclusiones que
valgan la pena. El educador, padre de familia o no, que no haya hecho una opción
por el amor, y por la experiencia de olvidarse de sí mismo y de dedicarse al
otro (y de hacerlo con frecuencia creciente), nunca será verdadero educador, ni
padre o madre de familia.
La naturaleza no engaña. Las mismas estadísticas
que hablan de ese individualismo creciente, nos dicen también que el valor más
anhelado sigue siendo: la familia. Una tremenda contradicción, una división
entre la realidad, a la que somos empujados, y la convicción existencial de que
sin los otros íntimos no podremos ser
realmente felices.
Sabemos que los problemas se tienen que solucionar de raíz. Cuántos
padres vienen urgiendo métodos, consejos, secretos, trucos, libros… El sistema
moderno de “lea las instrucciones” no funciona ni funcionará nunca en la
educación. El “problema” de la educación pasa por el problema de la propia
“conversión permanente”. Conversión diaria para vivir la verdad de la propia
existencia, y para vivirla en el amor. Quien entienda que esto es una reflexión
piadosa, y no la esencia y la base firme para una verdadera labor pedagógica,
la verdad no entiende nada, y ningún fruto sacará de la lectura de este libro.
Es evidente que poner la persona al centro, y la persona del otro, es poner al
centro de la propia vida cotidiana el amor real y comprometedor. Juan Pablo II
lo dijo, de modo muy sencillo pero contundente, en la Redemptor Hominis: el
hombre no puede vivir sin amor (n.10).
Entre risa y risa los Simpsons aportan un estilo de
familia, un estilo de pensar, un estilo de vivir que no sabemos si es una
crítica o si es un revulsivo para el desenfoque en el que viven tantas personas
de hoy. Poner la persona al centro de nuestra labor educativa pasa por entender
que persona significa ser para el otro; pasa por
comprender de modo definitivo que sólo es feliz, que sólo se realiza plenamente
quien pone al otro como término de todas sus aspiraciones y de su propio ser.
La regla aurea sobre la que se ha construido Occidente: “considera al otro como
un fin y no como un medio”, ¿tiene fecha
de caducidad?
2. Una visión integradora
a)
Es obvio que la visión que se
tiene del hombre determina las líneas pedagógicas que se quieren implantar en
la sociedad y en la familia. En el siglo XX proliferaron muchos humanismos de tipo horizontal, también
en ambientes cristianos. Humanismos que prometieron lo que no podían dar.
Visiones filosóficas y pedagógicas que no han llegado a dar una respuesta plena
y satisfactoria a la pregunta sobre el hombre. La evidencia de esta realidad no
necesita mayor demostración; basta constatar con creciente insatisfacción y tremenda
pena los “frutos que van cayendo…”
Efectivamente no han faltado las respuestas
sobre el hombre; pero la mayoría se han quedado cortas, hasta raquíticas y, por
tanto, injustas. No hacen honor al hombre, o lo degradan a la condición de casi
animal o de máquina de producción, o lo ven, en visiones rigoristas y
moralistas, como un espíritu desencarnado. O se dan las respuestas que han
dejado al hombre estresado, en una
concepción triunfalista y engañosa de su poder personal y de su
auto-realización en la acción desenfrenada; y de ahí a la depresión, llevándolo
a una atmósfera de nihilismo existencialista. ¡Cuántos ensayos y experimentos en
el concepto de persona, de familia y de sociedad moderna!
Sigue el citado documento
obre la escuela católica: “Se trata en especial de la crisis de valores, que
sobre todo en las sociedades ricas y desarrolladas, asume las formas,
frecuentemente propaladas por los medios de comunicación social, de difuso
subjetivismo, de relativismo moral y de nihilismo. El profundo pluralismo que
impregna la conciencia social, da lugar a diversos comportamientos, en algunos
casos tan antitéticos como para minar cualquier identidad comunitaria. Los
rápidos cambios estructurales, las profundas innovaciones técnicas y la
globalización de la economía repercuten en la vida del hombre de cualquier
parte de la tierra. Contrariamente, pues, a las perspectivas de desarrollo para
todos, se asiste a la acentuación de la diferencia entre pueblos ricos y
pueblos pobres, y a masivas oleadas migratorias de los países subdesarrollados
hacia los desarrollados. Los fenómenos de la multiculturalidad, y de una sociedad
que cada vez es más plurirracial, pluriétnica y plurirreligiosa, traen consigo
enriquecimiento, pero también nuevos problemas. A esto se añade, en los países
de antigua evangelización, una creciente marginación
de la fe cristiana como referencia y luz para la comprensión verdadera y
convencida de la existencia.”
b)
Una sana pedagogía debe contemplar al
hombre es su totalidad y debe saber armonizar en él todas sus dimensiones, poniendo
como base y como fin la dimensión que puede dar sentido e integrar a todas las
demás (¿cuál será?).
Por tanto, no basta con
asegurar que se aborden en la educación todas las facetas y dimensiones del
hombre, de forma más o menos integral. Es necesaria una visión integradora que
logre la unidad radical, la totalidad armónica y la paz entendida como
tranquilidad del orden (tranquilitas
ordinis).
Esto nada tiene que ver con la saturación a la
que son sometidos algunos chicos por parte de sus padres (saturación de
actividades complementarias, de altas expectativas en el colegio, de exigencias
añadidas…). Hablaremos en su momento de la formación integral, sin duda
necesaria. Pero de nada servirían todos esos esfuerzos y todas esas facetas si
no se logran armonizar en “el todo” de la vida de los muchachos. Qué diferencia de unos a otros. A unos chicos
se les ve siempre desbordados por las tareas y actividades múltiples; se
sienten sobrecargados, atosigados; no saben el porqué de tantas cosas que
llevan a cabo, no saben qué es lo más importante y qué lo secundario. Se les
ve, simplemente, perdidos, divididos, desintegrados… A otros, en cambio, se les
ve centrados y equilibrados. En este sentido, cuántos educadores son espejos
vivos, donde los chicos se ven proyectados.
Un hombre íntegro, nos dirá Juan Pablo II en la Christifideles laici (n.59), es el que posee la capacidad
(desarrollada con la ayuda de alguien) de vivir una vida unitaria que supera las contradicciones.
c)
Recalquemos lo que acabamos de afirmar:
que el logro de la armonía en la educación se da si se
pone como base lo que algunos se empeñan en poner al final o a mitad del camino
(casi a modo de cubierta o, peor aún,
a modo de simple decoración). Para explicar
esto un poco, y como conexión con el siguiente apartado (donde se entenderá
mejor), tomemos prestado, de modo muy sintético, el pensamiento de dos grandes
autores.
En primer lugar santo Tomás de Aquino,
quien señala que en la verdadera
definición de algo (cuánto más de alguien) debe estar su causa final (Comentario al De Anima II,3). Y nos
recuerda que ese fin último está ya
de alguna forma en el ser, desde el inicio, como intención; y que ese fin marca (debería poder marcar) todo el
desarrollo y perfeccionamiento del ser concreto, de su existencia cotidiana. Pensar
en un chico y no tener presente su fin último (como intención, no como imposición),
y no dejar que éste fin acompañe todo
el proceso educativo, quizá es el mayor y gravísimo error de muchos educadores.
¿Cuál o quién será este fin? ¿Cómo podrá acompañar al chico en su vida?
En segundo lugar
una afirmación (que hay que rumiar)
de Viktor Frankl: “decir que el sentido de la vida está en la vida misma no es una forma tautológica, sino paradójica” (Homo Patiens). Las teorías y principios
pedagógicos, los argumentos normativos, las buenas actitudes y las mejores
motivaciones… Todo acabará siendo incomprensible e inútil si se desgarra de la
vida misma, si no brotan y no acaban confrontándose con ella; con la vida
concreta del chico concreto. Todo sistema o proceso educativo acaba siendo un agobio,
o una contradicción infructífera, si se aleja de la vida real, si no es para la
vida real.
Expresado de otra forma a modo de primera
conclusión: el educador debe velar para que el chico viva en plenitud su vida. En su vida concreta puede tener todo lo que
necesita: su sentido inmediato y el último; y su potencia de realización. Su
misma vida debe ser el lugar de encuentro con todo lo que necesita para llegar
a la plenitud. La educación no puede ser un “sacarlo de su vida real” para
lograr un supuesto crecimiento. Más bien será un ayudarle a “interiorizar su
misma vida” para encontrar en ella el sentido de todo: de sus carencias, de la
conciencia que lo interpela y lo norma, de las circunstancias que le golpean,
de sus íntimas aspiraciones… Enseñarle a verse en su verdad y a ver en ella la
Verdad de su existencia. Como dice la Gaudium
et Spes (n.14) del Concilio Vaticano II: “entrando en sí mismo el hombre es
capaz de oír la voz misma de Dios que le invita a la comunión con Él” (fin
anhelado por una criatura con sed de infinito).
"Porque la gloria de Dios es que el
hombre viva, y la vida del hombre es la visión de Dios…" (San Ireneo de
Lyon, Contra los herejes).
3. Una visión transcendente
a)
Esto sugiere que todo intento del hombre de autodefinirse a
sí mismo, con las fuerzas de la sola razón y su ciencia, no produce un resultado
satisfactorio. Su deseo de auto-determinarse lo ha llevado a ser
paradójicamente un Prometeo encadenado.
Hay en el hombre un misterio que se siente, pero del que
la razón, por sí sola, no alcanza a dar razón. Hay personas no creyentes que
ostentan un elevado grado de moralidad y de coherencia, pero debido a la
ausencia de fe, ulteriores dimensiones de su dinamismo espiritual se han
quedado frustradas. Y, quizá, ciertas personas carentes de esa dimensión
trascendente son las que ensayan una y otra vez con conceptos erróneos de persona,
de familia, de cultura y sociedad. Y ya sabemos: es la “crónica de una muerte
anunciada”. Muerte de un experimento de hombre (¿Light?, ¿metrosexual?
¿bisexsual?...), de familia (¿dos varones?, ¿un trío?, ¿dos mamás?...) o de
sociedad (¿post-moderna?, ¿laicista? ¿extra-liberal?...) Experimentos que por
desgracia se llevan, con su vano y nefasto aluvión, mucha gente por delante… Empezando
por los más indefensos.
b)
Por eso afirmamos
desde el inicio de este libro que no
basta una buena base antropológica para formar al hombre, sino que se necesita un criterio de fe y una perspectiva verdaderamente
cristiana (y no se confunda esto con un posible fundamentalismo cristiano u
otros errores que iremos señalando); dado que se trata de formar a hombres
creados por Dios y transformados –en virtud de la gracia- en hijos suyos. ¿A
qué viene tanto miedo de padres y educadores cristianos de formar cristianamente
a sus hijos o alumnos, o de retrasar indefinidamente una formación religiosa
más específica?
“La pretendida
neutralidad de la escuela, conlleva, las más de las veces, la práctica
desaparición, del campo de la cultura y de la educación, de la referencia
religiosa” (carta La escuela católica).
Es
verdad que se pueden haber cometido abusos pietistas o fundamentalistas en la
historia de la pedagogía cristiana. Es verdad que ha habido etapas de un
formalismo religioso quizá muy vacío, o de un rigorismo moralista, en ciertas
corrientes educativas, altamente nocivo. Es cierto que se ha dado, en algunas
épocas y lugares, mucho adoctrinamiento y poca experiencia viva de la fe. Pero
la solución ¿es irse al extremo contrario? ¿Es olvidar que la ley evangélica es la única que lograr
sanar, guiar y llevar a plenitud al hombre?
En Barcelona, en
un colegio de abolengo y tradición muy católica, hace unos pocos años
decidieron eliminar la catequesis para la primera comunión, “porque las
familias hacían de este sacramento una cuestión meramente social”. Aunque el
análisis de la situación pueda ser correcto, ¿lo es la decisión de quitar la catequesis?
¿No hubiera sido más correcto hacer un replanteamiento de cómo fundamentar bien
y dar bien la catequesis a los niños y jóvenes, y de cómo ésta debía llegar
también a las familias? ¿Qué tipo de experiencia religiosa ofrece la familia a
sus hijos? ¿Qué atractivo tienen las clases de religión y qué valores viven los
profesores de las otras asignaturas en los centros de inspiración cristiana? ¿Y
qué orientación y enfoque hay dentro de los programas curriculares? ¿Qué tipo
de “ley evangélica” se vive en los entornos familiares y escolares? ¿Qué
parámetros concretos implantamos para verificar que la pedagogía, los
contenidos y los métodos educativos tienen bases en una visión completa,
integral integradora del hombre? ¿Logramos
llevar a plenitud a las personas? Tan si quiera ¿logramos sanarlas y guiarlas? Ojalá Mafalda tuviera razón… Pero cuando Dios
desaparece del mapa no hay fundamento alguno que sostenga sólidamente la
defensa del más mínimo derecho humano.
Las
decisiones y acciones, la prudencia y la habilidad del educador deben brotar de
una referencia habitual al plano
trascendente. Y con esto no se quiere decir que desde el inicio del
proceso educativo debe estar en boca de todos la palabra religión, ni si quiera necesariamente la palabra Dios, y muchos menos unos contenidos
doctrinales. Qué mal hace, por
ejemplo, el uso (peor el abuso) de frases como: “Diosito te va a castigar si no…”
“Tú reza y olvídate de…”. Si fe y razón no se contradicen y se buscan
espontáneamente, como no se cansa de repetir Benedicto XVI, qué importante es
no entrar en el juego “pedagógico” de los métodos de cariz fideista, que usan a Dios y a la religión como armas arrojadizas contra la inteligencia humana y contra la vida y
los problemas reales de los muchachos.
“El
cristiano sabe cuándo es tiempo de hablar de Dios y cuándo es oportuno callar
sobre Él, dejando que hable sólo el amor”. (Benedicto XVI, Deus Caritas Est,
n.31)
c)
Centrarse en el hombre en cuanto hombre, en sus necesidades más existenciales, es ya un reclamo más o menos
implícito a su trascendencia (porque su existencia está indeleblemente marcada,
como hemos dicho, por su fin último, presente ya como intención). Es mostrar desde el inicio un respeto sumo por lo que el
hombre es, por lo que representa, por su misterio radical. Es dejar que el
hombre sea lo que tiene que ser. Dejarle la puerta abierta a su fin verdadero,
a su realización completa. Así se responde a sus anhelos más existenciales, sin
necesidad de adoctrinar o moralizar (cosas muy distintas que enseñar o educar),
logrando que la persona misma perciba su verdadera grandeza, su anhelo de
eternidad; que sea ella quien descubra, o al menos valide, las respuestas
auténticas (siempre insuficientes en esta vida), que transcienden su
cotidianidad.
No
hay que olvidar la apelación de la Constitución pastoral Gaudium et Spes (n.22): “Sólo en el misterio del Verbo encarnado se
esclarece el misterio del hombre”. Únicamente el educador que sabe acercarse al
muchacho con una visión trascendente es capaz de ayudarle a formarse verdadera
e íntegramente. Porque sólo ese educador conocerá la rica complejidad del
espíritu y la corporalidad humanas; y sólo él conocerá los inmensos recursos
con que, gracias a Dios, contamos para lograr la misión educativa. Pero
insistimos que eso no significa acercarse al chico con la boca llena de
palabras religiosas, o tan siquiera espirituales.
¿Cuántos educadores piden,
sinceramente y sin descanso, luz y fortaleza? ¿Cuántos, antes de educar, han
experimentado en sí mismos la fuerza transformante de la experiencia de fe? ¿Cuántos
han comprendido la auténtica grandeza del ser humano? ¡Y vaya si hace falta esto
para guiar bien a los adolescentes!
Aunque un poco extensa,
vale la pena leer la epístola del francés Jean Jaurés, ateo y fundador de
L’Humanité, razonando con su hijo sobre la necesidad del estudio de la religión
en la escuela:
“Querido hijo, me pides
un justificante que te exima de cursar religión, un poco por tener la gloria de
proceder de distinta manera que la mayor parte de los condiscípulos y temo que
también un poco para parecer digno hijo de un hombre que no tiene convicciones
religiosas. Este justificante, querido hijo, no te lo envío ni te lo enviaré
jamás.
No es porque desee que
seas clerical, a pesar de que no hay en esto ningún peligro, ni lo hay tampoco
en que profeses las creencias que te expondrá el profesor. Cuando tengas la
edad suficiente para juzgar, serás completamente libre pero, tengo empeño
decidido en que tu instrucción y tu educación sean completas, y no lo serían
sin un estudio serio de la religión.
Te parecerá extraño este
lenguaje después de haber oído tan bellas declaraciones sobre esta cuestión;
son, hijo mío, declaraciones buenas para arrastrar a algunos pero que están en
pugna con el más elemental buen sentido. ¿Cómo sería completa tu instrucción
sin un conocimiento suficiente de las cuestiones religiosas sobre las cuales
todo el mundo discute? ¿Quisieras tú, por tu ignorancia voluntaria, no poder
decir una palabra sobre estos asuntos sin exponerte a soltar un disparate?
Dejemos a un lado la
política y las discusiones y veamos lo que se refiere a los conocimientos
indispensables que debe tener un hombre de cierta posición. Estudias mitología
para comprender historia y la civilización de los griegos y de los romanos y
¿qué comprenderías de la historia de Europa y del mundo entero después de
Jesucristo, sin conocer la religión, que cambió la faz del mundo y produjo una
nueva civilización? En el arte ¿qué serán para ti las obras maestras de la Edad
Media y de los tiempos modernos, si no conoces el motivo que las ha inspirado y
las ideas religiosas que ellas contienen? En las letras ¿puedes dejar de
conocer no sólo a Bossuet, Fenelón, Lacordaire, De Maistre, Veuillot y tantos
otros que se ocuparon exclusivamente de cuestiones religiosas, sino también a
Corneille, Racine, Hugo, en una palabra a todos estos grandes maestros que
debieron al cristianismo sus más bellas inspiraciones? Si se trata de derecho,
de filosofía o de moral ¿puedes ignorar la expresión más clara del Derecho
Natural, la filosofía más extendida, la moral más sabia y más universal? –éste
es el pensamiento de Juan Jacobo Rousseau-. Hasta en las ciencias naturales y
matemáticas encontrarás la religión: Pascal y Newton eran cristianos
fervientes; Ampere era piadoso; Pasteur probaba la existencia de Dios y decía
haber recobrado por la ciencia la fe de un bretón; Flammarion se entrega a
fantasías teológicas.
¿Querrás tú condenarte a
saltar páginas en todas tus lecturas y en todos tus estudios? Hay que
confesarlo: la religión está íntimamente unida a todas las manifestaciones de
la inteligencia humana; es la base de la civilización y es ponerse fuera del
mundo intelectual y condenarse a una manifiesta inferioridad el no querer
conocer una ciencia que han estudiado y que poseen en nuestros días tantas
inteligencia preclaras.
Ya que hablo de
educación: ¿para ser un joven bien educado es preciso conocer y practicar las
leyes de la Iglesia? Sólo te diré lo siguiente: nada hay que reprochar a los
que las practican fielmente, y con mucha frecuencia hay que llorar por los que
no las toman en cuenta. No fijándome sino en la cortesía en el simple ‘savoir
vivre”, hay que convenir en la necesidad de conocer las convicciones y los
sentimientos de las personas religiosas. Si no estamos obligados a imitarlas,
debemos por lo menos comprenderlas para poder guardarles el respeto, las
consideraciones y la tolerancia que les son debidas. Nadie será jamás delicado,
fino, ni siquiera presentable sin nociones religiosas.
Querido hijo: convéncete
de lo que digo: muchos tienen interés en que los demás desconozcan la religión,
pero todo el mundo desea conocerla. En cuanto a la libertad de conciencia y
otras cosas análogas, eso es vana palabrería que rechazan de ordinario los
hechos y el sentido común. Muchos anti-católicos conocen por lo menos
medianamente la religión; otros han recibido educación religiosa; su conducta
prueba que han conservado toda su libertad. Además, no es preciso ser un genio
para comprender que sólo son verdaderamente libres de no ser cristianos los que
tienen la facultad de serlo, pues, en caso contrario, la ignorancia les obliga
a la irreligión. La cosa es muy clara: la libertad exige la facultad de poder
obrar en sentido contrario. Te sorprenderá esta carta, pero precisa hijo mío,
que un padre diga siempre la verdad a su hijo. Ningún compromiso podría
excusarme de esa obligación.
Recibe, querido hijo, el
abrazo de TU PADRE”.
d) Podemos describir así esta visión teo-antropológica que ofrece nuestra pedagogía educativa:
“Imbuido del espíritu evangélico, nuestro ideario educativo tiene, acerca del
hombre y del mundo, una mirada llena de amor, de profundo respeto, de
admiración y de esperanza. Es consciente
de los grandes valores que el hombre lleva en sí, de las aspiraciones
que lo mueven, de su real capacidad para el bien y para el progreso moral, pero también tiene presente el espectáculo
doloroso de las múltiples miserias materiales y morales que lo afligen,
que entorpecen y detienen su marcha hacia el bien y le hacen olvidar su vocación divina.” Sin olvidar la realidad de
la fatiga humana (“la vida del hombre
sobre la tierra es lucha” dice el libro de Job),
afirmamos la radical positividad del hombre: es proyecto divino; y en ese
proyecto Dios ha puesto, como se suele decir coloquialmente, toda la carne en el asador.
Sí, debemos buscar ante todo, que ese hombre, que sabemos creado y llamado a la
inmortalidad y a la eternidad, realice su vocación divina. Es
ésta, sin duda, una visión del hombre muy elevada (y hoy en día atrevida); pero
no por ello deja de ser la visión más
real y auténtica. Todo hombre, como señalan los Santos Padres, está llamado
a la divinización en Cristo; y esto por el desarrollo en su vida (siempre plenamente humana) de la gracia, de las
virtudes sobrenaturales y de los dones del Espíritu Santo. Así el hombre,
cuanto más cerca de Dios, será más humano, más natural, menos raro e incompleto.
Quienes están llamados a ser educadores deben, por tanto, rendir cuentas del
logro de esa vocación divina a la que cada hombre ha sido llamado. Deben
cambiar, si es necesario, toda falsa concepción sobre la fe y lo sobrenatural,
y sobre la visión cristiana del ser humano.
No olvidemos que la cultura moderna se ha
alimentado de esta idea: la gran elevación del hombre que nos ha legado
la revelación judeo-cristiana. Pero con el paso de los siglos, por diversos
motivos, se han exaltado y extrapolado sus consecuencias: libertad absoluta,
autorrealización sin límites, derechos sin responsabilidades, “amor” sin
compromiso... Los hombres nos
hemos querido divinizar olvidándonos del Dios que nos diviniza en Cristo. El
resultado: la angustia del que todo lo quiere y apenas puede nada.
Como se refleja en la famosa canción de Freddy Mercury, vocalista de
Queen: “lo quiero todo y lo quiero ahora”. Y ya sabemos cómo acabó este hombre,
como tantos jóvenes de nuestro tiempo: vacío, destrozado psicológica y
físicamente (hasta que al final de su vida se encontró con su auténtico Salvador,
como plasmó en su último álbum Made in Heaven).
¿Somos conscientes de ese anhelo de
totalidad que tienen los jóvenes? ¿De esa urgencia de una vida intensa para
llenar sus ansias de infinito? ¿Podemos pensar que, quizá, este anhelo no
satisfecho podría ser la primera causa de los así llamados problemas de la
adolescencia? ¿Problemas porque no hay nadie que al inicio de la adolescencia
les explique convincentemente esos anhelos? ¿Porque no hay nadie que les
acompañe paciente y comprensivamente? ¿Y que por eso se equivocan en las respuestas
que dan a esas nuevas ansias que brotan hasta con violencia desde su interior?
Cuántos muchachos ven en la moral, en cualquier norma, incluso familiar o social,
un impedimento para sus ansias de felicidad juvenil. Dónde está la causa.
4. El método ECyD
a) El Movimiento Regnum Christi desde sus primeros años, y como parte de
su carisma, ha desarrollado el ECyD como
una organización (con un buen sentido
de pertenencia en grupos naturales de amigos con un estilo de vida cristiana
atractivo y nada mojigato) con un método
para la formación de adolescentes.
El ECyD ha nacido en el seno de la labor educativa y milenaria de la
Iglesia (“nada nuevo hay bajo el sol”).
Busca responder con ilusión a los
retos que presenta la Nueva Evangelización; pero sobre todo buscar ser una
respuesta al mismo adolescente. Ojalá su método sirva de ayuda a todos los
educadores que quieran acogerlo, sin importar sus pertenencias o creencias
específicas. Efectivamente, el método ECyD,
si bien se lleva a plenitud dentro de la misma organización, puede orientar y
dinamizar la labor educativa de todos aquellos que se acercan con entusiasmo a
los adolescentes.
No es competencia de este
libro explicar y desarrollar este método y mucho menos la organización (el
Manual del ECyD está abierto a todos
aquellos que quieran profundizar en el tema). Nos limitamos a exponer aquí, muy
sintéticamente, dos de sus elementos básicos que casan perfectamente con la propuesta
y con el esquema pedagógico de este libro. Y los incluimos como conclusión de
este primer apartado (a lo largo del libro irán saliendo desde diversas
perspectivas) porque creemos que engloban y aciertan en lo fundamental de la
pedagogía para los adolescentes
b) ECyD: Encuentros,
Convicciones y Decisiones. La vida del hombre
se conforma de encuentros (ya lo hemos dicho, como persona es un ser para) y cuánto más la vida de los
adolescentes, que empiezan a abrirse a nuevos y variados ámbitos de encuentro. En
esos encuentros, si son de calidad, es donde el muchacho puede comprenderse,
aceptarse, superarse. Se podría decir que en los desencuentros nada de bueno se encuentra. Si el educador no logra
un encuentro real con el muchacho, de nada servirá el resto de lo que haga. Y
si luego no logra mostrarle el camino para que él mismo sepa encontrarse consigo mismo, con los demás, con Dios, tampoco se
logrará un gran qué. En estos encuentros el chico descubre los elementos y las
experiencias esenciales de su vida, que le
dan vida; no son meras enseñanzas, ideas, habilidades, actitudes o emociones;
son eso y más. Son experiencias que se transforman en convicciones; convicciones que se graban en la mente y en el
corazón como pilares firmes de su personalidad, hasta apropiárselas. De esas
convicciones nacen las decisiones concretas
que conforman la vida diaria del chico y van diseñando su futuro. Decisiones
que deben llevar, ante todo, a encuentros cada vez más ricos y profundos
(consigo mismo, con Dios y con los demás), consolidando así las convicciones y
proyectándolas como rampas de lanzamiento para decisiones cada vez más
coherentes, responsables y de envergadura. Todo un círculo virtuoso: de
encuentros verdaderos a convicciones fuertes y de éstas a decisiones valientes.
Todo un círculo virtuoso: de encuentros verdaderos a convicciones
fuertes y de éstas a decisiones valientes. O más que un círculo, toda una espiral existencial cuya fuerza
centrífuga lleva a los adolescentes a encuentros cada vez más profundos y
consolidados, a una mayor integración con
su fe (pero también con el grupo y la organización en donde la vive); y cuya
fuerza centrípeta los lleva a abrirse cada vez más a todos los hombres (a otros
grupos y organizaciones) y a darse con más empuje y entusiasmo a más personas
(en el aquí y ahora del buen
samaritano, como señala Benedicto XVI en la Deus
Caritas est, n.15).
c) Está claro que si de método hablamos debemos centrarnos en el acompañante, porque él es la base del método (el formador, el equipo de formadores, la misma institución). El acompañador, como dice García San Emeterio, es el Espíritu.
¿Qué debe hacer el acompañante, básicamente, para poner en marcha y para tener bien “engrasado” este mecanismo existencial?:
o Si lo que interesa es la vida concreta del muchacho, lo primero que debe hacer el educador es saber despertar en él las preguntas que realmente son importantes para su vida, en su situación existencial concreta (no las preguntas que el educador cree que son importantes; y no formulándolas desde su experiencia personal, que quizá nada tiene que ver con la del chico). Sin esta habilidad no habrá inicio de encuentro con el adolescente en cuanto adolescente; en cuanto adolece de algo que necesita.
o De ahí debe poder responder a esas preguntas sin
ningún tipo de prisa. Si estamos convencidos que la interioridad humana
contiene en sí toda una carga teo-antropológica (naturaleza redimida), tiene su
lógica centrarse en las inquietudes más propias del muchacho (aunque al inicio
parezcan o aparezcan de lo más superficiales); y centrarse en descifrar y presentarle
al chico lo que de más humano y trascendente hay en sus inquietudes. Así
sí valdrá la respuesta… Con esta habilidad habrá un encuentro fructífero.
o Y acompañarle para que él mismo pueda ir plasmando en su propia
vida las respuestas, verificando su autenticidad, haciéndolas convicciones,
decisiones… Entender el qué y el cómo de este acompañamiento será parte
importante de este libro. Con el acompañamiento adecuado los encuentros se hacen profundos, duraderos, transformantes.
Verdaderos encuentros humanos que suscitan el encuentro con lo divino, con el
Eterno (comunión plena con Personas tan infinitas como concretas).
En el apéndice ofrecemos completa la primera carta de la serie Cartas a un espíritu inquieto (elsentidobuscaalhombre.com). Adelantamos
un fragmento:
“Lo primero que te digo es que ¡no eres raro! No te
sientas extraño por tener un raudal de preguntas para las que no hallas
respuestas, y a la vez un deseo enorme de enfrascarte en la vida sin esperar a
tener muchas seguridades. ¡Bienvenido a la existencia! Llevamos dentro una
búsqueda, una necesidad de saber para qué vivimos, de anclar nuestra vida a
algo o a alguien que le dé sentido. Esta inquietud la tenemos todos. De hecho,
las preguntas que me hacías el otro día eran auténticas inquietudes. No sólo se
preguntan estas cosas los filósofos, los sabios o los que se dedican a la vida
ociosa. Nos las planteamos tú, yo y todos los seres humanos, no importa la
edad, la cultura, la forma o las palabras.
Estas preguntas vienen de dentro, no nos las mete
nadie en la cabeza ni en el corazón. Salen porque somos buscadores por
naturaleza, así estamos hechos. Y es muy serio lo que está en juego: el sentido
de nuestra vida, de todo lo que somos y lo que hacemos.
Las preguntas que nos queman surgen cuando la realidad
de la vida nos impacta de alguna manera: un dolor, una buena noticia, una
decisión que se nos impone tomar... Siempre nos planteamos «¿esto por qué?,
¿para qué?». ¿Que cuándo tomé yo conciencia de que era urgente encontrar
respuestas? Cuando mi hermano pequeño murió.”