b)
Educar
para la madurez
En
todo hay que ver el fin, y el fin de la educación del adolescente es que llegue
a la madurez. ¿A quién se puede considerar maduro? Se puede considerar
madura a la persona que ha adquirido la capacidad habitual de obrar libremente,
es decir, de hacer opciones conscientes y responsables, sin arrepentirse
después de ellas y, menos aún, pasarse la vida replanteándose sus decisiones,
por no haber adquirido una seguridad y una certeza válida sobre ellas. Se puede
considerar madura a la persona cuyas fuerzas emotivas están bajo el dominio
de la razón, que no vive de sentimentalismos, de impulsos, de tendencias,
sino que se rige por principios y convicciones, aunque a veces las emociones o
los sentimientos vayan en dirección contraria.
El hombre maduro es también
aquél que está siempre en actitud de donación, de apertura, de servicio,
de entrega a los demás, mientras rechaza todo tipo de egoísmo, de
encerramiento, de particularismo, de individualismo. Es en esto precisamente
en lo que el formador de adolescentes debe tener puesta su mirada. La sociedad
de hoy, los medios de comunicación, las modas, tiran hacia lo contrario: crear
adolescentes “obsesionados por su ombligo”, mirándose sólo a sí mismos. El
formador no puede dormirse. Pero es lógico que no siempre le tocará ver frutos
acabados pues, por definición, el adolescente es el que está en camino hacia
esa madurez.
c)
Educar
la voluntad
El hombre “es más hombre, o lo es de verdad, por el dominio de
sus facultades superiores sobre sus instintos, en cuanto haya logrado formar
esta facultad, la
voluntad. Porque aunque la inteligencia nos ilumina, la memoria nos
recuerda y la fe nos enseña, el actuar o no actuar como hombres libres y
creyentes, honestos y rectos, depende del grado de finura y robustez que
hayamos logrado obtener en esta facultad timonel
que es la voluntad”.
Una voluntad bien formada es la clave de todo el desarrollo
posterior de la formación espiritual, humana e intelectual. La falta de
voluntad puede convertirse en la guillotina de todas las aspiraciones y
esfuerzos en el camino hacia la plenitud de vida. Por ello se debe luchar para
que los educandos no conozcan derrotas definitivas; y, sin duda alguna, la
voluntad es un arma imprescindible para evitarlas.
José
María
era un compañero y amigo del colegio. Era brillante. Tenía una memoria
excelente y era muy rápido en las deducciones. Empezó a los 16 años a fumar
marihuana. Todavía recuerdo sus lágrimas cuando hablábamos a cerca de su lucha
para dejar la
droga. Imposible. La cosa fue a más y él fue, poco a poco, a
menos... Pienso ahora que si, en otros aspectos de su personalidad, José María hubiera forjado su
voluntad, estoy seguro que podría haber luchado con más éxito contra el yugo de
la droga, especialmente cuando la cosa no había hecho que comenzar... Hoy en día, forzados por el ambiente, por las
modas o la curiosidad, o por sus traumas personales, muchos adolescentes
empiezan con el “porro”. Basta un poco de voluntad forjada, y un poco de
conciencia informada, para dejar de lado esta “diversión”. Pero sin voluntad, la
“diversión” se vuelve drama, porque la cosa casi siempre va a más. Y dígase lo
mismo del tabaco, alcohol, u otros vicios. La clave: tener voluntad. Porque en
el fondo, la mayoría de los chicos saben que eso no les conviene para nada;
pero falta voluntad.
No esperar, ni mucho menos, a la preadolescencia. Crear
hábitos de esfuerzo, de constancia, de acabar siempre lo comenzado, de pequeñas
renuncias por un bien mayor, de superación en metas humanas, intelectuales,
deportivas... Y no se trata de hacer cosas excepcionales, grandes esfuerzos
titánicos en momentos puntuales de la vida. La voluntad se forja en la vida
ordinaria, en el día a día, desde que uno se levanta (a la primera), hasta
que se acuesta, cansado de haber aprovechado al máximo todo el tiempo del
día.
Yo llegué a comentarle a José María un caso de voluntad firme que por aquel entonces
ya me había llamado la atención; el famoso caso de Demóstenes, el orador
griego. Cuando éste habló por primera vez en el areópago todos se burlaron de
su tartamudez. Se dijo para sí que era la última vez que le ocurría eso.
Durante años practicó, habló, gritó con piedras en la boca... Su voluntad,
formada día a día con paciencia, le llevó a ser el gran Demóstenes. A mi amigo José María de nada le sirvió
el ejemplo, porque donde no hay voluntad
real, previa a las grandes caídas, poco se puede hacer.