Son
varias las razones por las que estos rasgos de infelicidad deberían estar
sujetos a un cuidadoso control. En primer lugar porque la infelicidad conduce a una conducta que la perpetúa. El
adolescente que exhibe cierta infelicidad por su expresión taciturna o mediante
una conducta antisocial, descubre que las reacciones sociales que suscita son
tan desfavorables que lo convierten en un ser rechazado. Esto acentúa su
infelicidad y lo lleva a otras formas de conducta que intensifican el rechazo
social.
La
infelicidad se convierte a menudo en un estado
habitual. Deja su marca en la expresión facial de la persona y en su modo
característico de adaptarse a la gente y a las situaciones que le depara la
vida. Los formadores deben intervenir
decididamente para cortar de raíz las causas de esa infelicidad que se puede ir
incrustando en el alma de los muchachos. Las consecuencias, aunque se
estén gestando en el silencio, pueden salir a la luz después de varios años y
de forma tristemente dramática.
La infelicidad conduce a ajustes personales y sociales
deficientes que, con el tiempo, pueden derivar en perturbaciones de la
personalidad. Que esto suceda o no depende en gran medida de
la forma de expresión que adopte la infelicidad. Por ejemplo, el adolescente que mitiga
los tormentos de su condición infeliz refugiándose en un mundo de pensamientos
quiméricos tiene más probabilidad de llegar a padecer trastornos mentales que
quien expresa su infelicidad disputando con otros.

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