Breves pautas para el educador
1.
Hacia los 14 ellos y
ellas hacia los 13 están iniciando propiamente la adolescencia, que se
manifiesta claramente en las diversas áreas de su personalidad. Se aceleran los cambios fisiológicos y el
desarrollo psicológico en general. El adolescente se acercará a su
educador si ve en él algo que no encuentra ni en sí ni en los demás. Éste
necesita mostrarle que comprende su mundo y que participa de sus problemas,
debe conocer cómo piensa y cómo siente; pero debe, al mismo tiempo, mostrarse
tal como deber ser todo educador: seguro de sí mismo, paciente, muy lleno de
vida espiritual, sin rebajarse o renunciar a su papel en ningún momento.
2.
Su
inseguridad le obliga a seguir dependiendo de un líder (se deja llevar
fácilmente de los modelos que le presentan los medios de comunicación). La
opinión del líder aquí, muchas veces, puede contar más que la de los padres o
de los educadores sin ascendiente.
3.
El educador por tanto,
debe lograr ser el líder de los muchachos
más líderes en los diversos campos. De lo contrario, su labor se verá muy
frenada y reducida, o incluso neutralizada por caer en el terrible escollo de
enemistarse con estos muchachos por ser éstos, a veces, los más difíciles; lo
cual no significa que no sea exigente con ellos y que les deje hacer lo que
quieran. Debe, más bien, aprender a ganárselos con un amor verdadero y
paciente, y a encauzar positivamente su liderazgo en bien de todos los que le
siguen.
4.
El adolescente busca
quedar bien delante de los demás, porque quiere ser aceptado; detesta, por esto
mismo, que lo dejen en ridículo. Mucho cuidado, evitarlo a toda costa, porque
eso sí puede romper definitivamente con él.
5.
Es
capaz de traicionar su conciencia con tal de ser aceptado, pues le pesa mucho
el respeto humano, lo que digan de él; se justifica continuamente. Debido a su
inseguridad se hace bastante susceptible y caviloso: piensa que todos están
hablando mal de él. Es un periodo en el que puede caer definitivamente en un
mal grupo de amigos, por eso hay que insistirle en lo que significa la
verdadera amistad.
6.
Su existencia se basa
en un espíritu práctico que busca a ultranza no complicarse la vida; por eso
quiere que antes de hacer una cosa le digan con detalle cómo hacerla, y se
molesta si los mayores no cumplen con lo prometido.
7.
En esta etapa lo
importante para el muchacho es la necesidad
de un guía, de un educador que sepa dar respuestas claras a sus dudas, que
sepa adelantarse a sus problemas, que le ayude a organizar bien cada jornada de
su vida (pues las consecuencias de la ociosidad no son nada recomendables). Un
educador que sabe acompañar sin avasallar, sin entrometerse en el
"territorio adolescente".
8.
Al adolescente hay que
pedirle compromisos concretos y
medibles; un
propósito que esté fuera de su alcance nunca será cumplido. Por el contrario,
la fidelidad constante a los propósitos que les van presentando le llevará a
una mayor entrega, ya que es generoso cuando tiene a alguien que les motiva
constantemente.
9.
Debido a su marcado egocentrismo intelectual y psicológico, empieza a
hacer sus primeros juicios valorativos, espontáneos, subjetivos y egocéntricos,
en función de su insaciable afán de
protagonismo. Es muy necesario, por tanto, presentarle todos los contenidos
formativos, las motivaciones y las propuestas de acción social y apostólica
como el auténtico modo de realizar y desarrollar su voluntad de protagonismo,
pero con la meta clara de encauzarlo hacia el bien y la donación.
10.
Aunque
se cree grande, sabe que todavía no lo es y no se entiende a sí mismo. En esta
edad hay que saber "aguantarle", en un continuo “tira y afloja”, siempre
guiado por el cariño sincero y la comprensión a ultranza. Es la edad típica de
la rebeldía externa, en la que se queja por todo y gritar al adulto: "ya
no soy un niño"; es el "incomprendido". El formador debe ser
firme pero sin “romper”, sabiendo siempre comprender y acoger. Debe darle
motivaciones contundentes (hechos más que argumentos), aunque parezca que no
las acepte o entienda, o que no está escuchando. Es importante, eso sí, no
entrar en discusión con él y menos públicamente: decirle las cosas claras y
dejarle reflexionando.
11.
El
despertar de las pasiones es más fuerte y la sexualidad se convierte en un
problema ya para la mayoría.
Por ello, es necesario estar muy cercano al adolescente y
atenderle con continuidad y paciencia. Se debe tratar este tema con suma
naturalidad y claridad y, a la vez, con mucha seriedad. Hay que estimular y
desarrollar en él los resortes que le ayuden a controlar sus pasiones, y
presentarle un gran ideal, ya que tiene una gran capacidad para la
generosidad. La frecuente recepción de los sacramentos es un
elemento clave para que pueda dominar sus pasiones. Que no le dé a sus caídas
más importancia que a la gracias que recibe y a la misericordia de Dios
(importante para no caer en una obsesión que lo único que logra es complicar
más las cosas y aumentar las caídas).
12.
Tiende
a rechazar todo lo que hacía en los años anteriores y, por lo mismo, puede
enfriarse en sus compromisos con los grupos o en los ambiente sanos en los que
participaba (club juvenil, deportes...). Algunos podrían alejarse aquí
definitivamente de los educadores de su etapa anterior, si estos no saben
adaptarse, comprender, tener paciencia.... Aunque parezca que algunos se alejen
por los problemas internos que traen, seguirán vinculados afectivamente; es muy
importante no perder la comunicación con éstos (nos interesa más su vida que si
participan o no en lo que yo quisiera…). En esta etapa, el muchacho se encuentra
con un ambiente más adverso para vivir su vocación cristiana, por ello es
necesario reafirmar su compromiso, presentándoselo de forma renovada y cada vez
más atractiva y comprometida.
13.
Edad
de la fantasía, tiende a huir de la
realidad. Se siente atraído por los grandes ideales aunque su
actitud muchas veces no lo demuestre. Por lo mismo, es muy necesario saber
aprovechar este elemento, al igual que su voluntad de protagonismo, para el
apostolado y la acción social: dándole actividades concretas para realizar,
responsabilidades en el club juvenil con los más pequeños, proyectos juveniles
sanos, etc. A veces es preferible que él haga una cosa, aunque no esté muy
bien, a que el formador lo haga todo y el muchacho se convierta en espectador
pasivo (es necesario evitar el perfeccionismo “adulto” si queremos conectar e
involucrar a los adolescentes en proyectos buenos).
14.
Frente
a su idealismo subjetivo, es bueno, por otra parte, bajarle a la realidad con
datos claros, experiencias atractivas, hechos de la vida que le atañen. Por ello, es muy importante la capacidad de observación en
el educador, que le ayudará a conocer sus temas de conversación, sus gustos, su
música, etc. Importante dedicar tiempo a escucharle, a identificar sus
intereses naturales, sus problemas reales, de forma que su mundo sea el que
aparezca visualizado en todas las charlas o motivaciones que le dé el formador.
15.
Sus
conversaciones son apasionadas y vivas; así también deben ser las
conversaciones y los momentos de formación con él. Es necesario visualizarle
experiencias fuertes de la vida que le hagan pensar, ya que ahora capta mejor
cualquier tipo de reflexión y los valores abstractos de la justicia, la
fidelidad, etc. Le gusta que se le hable como a personas mayores, que se le
respete su opinión y se le rebata con argumentos.
16.
En
esta edad el adolescente empieza a mostrar un cierto desinterés por lo
espiritual, pues encuentra sensaciones más intensas que le hacen replantearse
toda su vida espiritual. Aquí es fundamental presentarles la moral cristiana
con una nueva visión: el protagonismo de su vida. No hay que olvidar que en
este momento muchos definen su opción por Dios y el tipo de relación que
tendrán con Él en el futuro, aunque las consecuencias no se vean hasta después
de varios años. Por ello es de vital importancia presentarle a Cristo, además
como su líder auténtico, como guía firme que lo llevará a puerto seguro en
medio de la tormenta por la que está atravesando. A las chicas, más avanzas
afectivamente, les viene mejor presentar a Cristo como el Amigo íntimo, Aquél
que le da seguridad en todo momento.
